Mi primera incursión oficial en el periodismo bonzo pasa por una tarde
lluviosa de principios de marzo de 2015 en la zona 6 de Londres. De casi todos
es conocida la estratificación geográfica de la capital de Inglaterra, porque
muchos de nuestros emigrantes y sus visitas sufren la 2 y, en mayor medida, la 3.
Había estado la noche anterior tomando unos british bulldogs con mi padre –no
le temblaba el pulso de 73 años cogiendo un vaso ancho con vodka tintado por
licor kahlua, que desgraciadamente es el coctel más desconocido para un barman del Estado español-, y amanecí
con una leve resaca, como si mi realidad la percibiese a través de la neblina
del Támesis en un día de otoño. El sol salió timorato a primera hora de la
mañana entre esas nubes hipertrofiadas tan típicas de isla, para después quedar
obliterado por un cielo plomizo que comenzó a jarrear agua sobre la piedra que
pisaba. Me despedí de la familia y fui a la cita que siempre había postergado
por variadas razones en el Ace Cafe. Recogí a Fernando, el clásico barcelonés
de zona alta templado en cada gesto, cerca de su apartamento de Swiss Cottage,
y trazamos el trayecto tras un par de diagramas en el mapa de ferrocarriles. Unos
cuarenta y cinco minutos más tarde, bajo la misma agua, tenía enfrente el
trébol negro señera de las motos cafe
racer.
Yo sabía adónde iba, pero la gran mayoría de vosotros
no. Así que lo ilustraré, y para ello me tengo que remontar al horror: la Segunda
Guerra Mundial selló para siempre la atrocidad en nuestro código genético. Tan
solo veinte años más tarde de la Gran Guerra, un psicópata comandó a Alemania en la
absurda idea de galvanizar el mundo bajo una esvástica… y casi lo consigue. Millones
y millones de muertos mediante, en unas cifras pornográficas que no deberían
ser reproducidas ni con un teclado, el bando aliado ganó la contienda allá por 1945. Pero habían perdido todos. Y con
Hiroshima se derrumbó el último rasgo de humanidad de esta civilización. La
magnanimidad de los vencedores cayó con una bomba atómica que barrió de la
existencia a la indefensa población civil. Lo aterrador es que no se hizo como
parte de una solución final secreta
orquestada por unos cuantos comandantes nazis presos de la banalidad del mal, sino que los quince kilotones explotaron en
suelo japonés en riguroso directo para las masas vindicativas de Pearl Harbour.
¿Qué joven de los años cincuenta podría asumir el dictado de una generación
precedente deslegitimada ya para siempre? El FIN, con mayúsculas de relevancia,
estuvo presente en la sociedad desde el obituario genocida. Y que a nadie se
le pidan demasiadas explicaciones con tal premisa cotidiana. Por eso en la incipiente sociedad de consumo que surgió tras la sinrazón, llegaron las subculturas juveniles, de las que algunas acabarían convirtiéndose en contraculturas.
Con un paraje urbano todavía erigiéndose sobre sus
ruinas, el crédito financiero comenzó a fluir exangüe entre los jóvenes
ingleses. La motocicleta de antaño era un distintivo casi señorial, pero los
postadolescentes de Londres lograron cimentar su anhelo material en las
primeras cafe racer: pequeñas carenadas
con mimimalistas chasis, estriberas, y colines destinados a un aligeramiento general de la
máquina. No había dinero para un coche, ni tan siquiera para una lambretta o
una vespa como las que exhibirían sus némesis: los mods. Y ahí emergió colérica la figura del ton-up boy. El apelativo definía a cualquier chaval que lograse
llevar uno de esos cacharros artesanos por encima de cien millas a la hora (160
km/h).
Abrí la puerta del Ace Café, y a partir de aquí solo
haré de escribano de la historia que me contó el manager del local: un tipo desgarbado con coleta, gafas, y un
cierto aire intelectual. Un cuarentón de… Coruña. «Vine por la música y me
quedé por las motos».
Tenía ganas de meterle mano al
blog en el sentido más lascivo de la expresión. A rebufo del programa
radiofónico heredero del espíritu de esta modesta iniciativa, los canales de
comunicación de Derecho de Resistencia
fluyen como si se les hubiese aplicado el cateterismo del mejor cirujano, y las
idas y venidas de cuestiones entre oyentes/lectores son vertiginosas para dos
individuos que, de momento, solo tienen un par de horas quincenales en una
emisora libre de Barcelona. Por ello,
me animo a abrir una nueva sección escrita: Periodismo
Bonzo.
Hace escasamente un mes y tras
uno de nuestros cortes de locución, le comenté a una vieja amiga que lo que iba
a desarrollar en las ondas siempre tendría algo que ver con mi vida, con una
suerte de periodismo gonzo, a colación
del apelativo del gran Hunter S. Thompson para su forma de narrar los
reportajes. Os libero de acudir a cualquier fuente de internet para comprender
de qué se trata. Me refiero a ese subgénero del Nuevo Periodismo de finales de los sesenta en Estados Unidos que, a
diferencia de aquél, convertía al investigador en propio sujeto activo de la
noticia. Interesaba más el contexto que el objeto mediático, e interesaba más
la reflexión hiperbólica que la información aséptica. Parecía conjugar sin
máscaras muchos de los tics que hoy atrofian nuestros medios de
comunicación, salvo que era tan políticamente incorrecto como su creador. Así
que todo acabó con el Doctor Thompson —como le gustaba ser nombrado— volándose
la cabeza en su rancho de Aspen en el 2005. Debió de ser difícil aguantar el
personaje del periodista gonzo toda
una existencia, principalmente porque como él dijo: «lejos de recomendar una
vida de drogas, demencia y violencia, pero sin ellas yo no sería nada».
Entonces, mi querida amiga no comprendió bien el vocablo y sentenció: «me suena a quemarte a lo gonzo». Con su explicación aludió a una
idea cercana a la que yo le quería transmitir: situarse en el centro de la
noticia muchas veces te quemaría vivo literalmente. Bien, me consta que estaba
cansada tras diez horas de papeleos no demasiado fructíferos, pero me quedé con
su lapsus freudiano para denominarlo, ya correctamente en cuanto a mi
concepción, periodismo bonzo. Tan
incendiario como un monje budista inmolándose en 1963 en pleno centro de Saigon
para denunciar el régimen tiránico de Vietnam del Sur.
Nunca llegué a estudiar Periodismo
en Santiago de Compostela, porque mi nota de corte se quedó a escasas décimas
de la requerida para incorporarse a la que, allá por el año 2000, creo que era
la carrera con menos plazas ofertadas en relación a su demanda en toda Galicia.
Curiosamente, yo sufrí lo contrario que el resto de alumnos, mis guarismos en
selectividad eran bastantes mejores que los que me regalaron en BUP y COU
aquellos profesores con discursos hegemónicos y recalcitrantes. Temo que
debieron de captar mi opinión sobre ellos en algún momento de mi adolescencia. Acabé haciendo lo que nadie quiere
hacer: Derecho. Por algo allí no existía nota de corte. Desde la distancia el
oficio de periodista me parece denostado hasta el absurdo, excepto esos
valiosísimos y escasos medios no sometidos a jerarquizaciones y lobbies de poder. Sin embargo, fui un
estúpido por no andar con una libreta o una grabadora por los
vericuetos que me llevó la vida hasta el día de hoy, 24 de junio de 2015. Lo
que tendría ahí plasmado… Al fin y al cabo, Hunter S. Thompson tampoco estudió
la carrera. Aunque yo puedo aseverar que lejos de recomendar una vida de
drogas, demencia y violencia… cualquier persona sería mucho más sin ellas.
Salvo tú, gonzo.
Me adecuaré a las extensiones necesarias
de un blog con su lectura cotidiana y displicente, y esto ha de conllevar que
muchas veces cuelgue el texto por entregas.
Catorce años atrás yo era un postadolescente cuya vida no difería demasiado de la de cierto tipo de postadolescencia. Uno
de los rasgos comunes en esa época tan luminosa y oscura era
pasar muchas horas delante de un televisor jugando al Grand Theft Auto entre
amigos y otras tantas cosas. La segunda parte en 3D del videojuego de Rockstar nos
llevaba a Miami, de la cual no tenía más referencias que el pelo engominado de Don Johnson y unas
cuantas lanchas rápidas surcando la bahía de Biscayne, que parecía
que albergaba mucho vice. La capital
de Florida estaba tan lejos de mi vida y de la de los míos... a pesar de que creyésemos
que todo el mundo giraba concéntricamente alrededor de
nosotros. Y es que vivir en Vista Alegre otorga algo de ingenuidad que seguro
no sufrían los oriundos de Liberty
City, Overtown o Little Haiti, escenarios recurrentes en la Play Station. Los
gallegos resolvíamos nuestros problemas a
nuestra manera y, por mucho bull terrier moteado y pendientes plateados que
luciésemos, mi entorno no solía cargar una glock 34 para liquidar al tipo que no paga
sus pufos de crack. Si es que ni había crack.
En persona, la Miami con resaca del Ultra me ha parecido una ciudad abrasada por el
sol y congelada por el aire acondicionado, dividida hasta el infinito, volátil, caprichosa, y con parajes tan bellos como
artificiales. El lugar en el que "todos odian a todos" y puedes
elegir entre ser un idiota o un loco; al menos ahí
se acaban las opciones en South Beach. No conocía
de primera mano una gran metrópoli donde, en apenas una generación, la población venida de otro país, con otra cultura y otra lengua, haya desplazado a la
masa anglófila que la ocupaba. Aunque
solo en una medida falaz. Los americanos ya no detentan la apariencia del poder
y la cuestión no es baladí para una urbe señera de Estados Unidos, pero
como bien nos iluminó Foucault, la microfísica de ese poder es casi infinita y la disyuntiva se
percibe con pasear tres días por Ocean Drive, el Art
District o Brickell. Además, uno tiene la sensación de que el proceso no ha hecho más que empezar: a la ingente masa de cubanos integrados a
martillazos desde el Éxodo del Mariel -cuanto daño ha hecho ese gusano que interpretó Al Pacino-, se le suman todos los latinos que no pueden
encadenar dos frases en español sin llamarle clams a las almejas. Simple ejemplo.
Ahora, la comunidad afroamericana, con la que tanto
empatizaba disfrutando de aquel grandísimo videojuego de Tommy Vercetti, sobrevive en
un tercer grupo de exclusión cuando, por tradición, siempre lo hizo en el segundo. Es que, si hablo de América haciendo un ejercicio de desproporcionada generalización... solo teníamos negros y blancos. En
Miami no sabría donde colocar a esa
comunidad cubana furibunda y republicana que, sin embargo, no tiene silla para
la teaparty de los anglos. Entretanto, a 92 millas se atisba el
levantamiento de un bloqueo genocida para sus antiguos compatriotas, porque
creo es imposible que los sigan considerando tales si porfían para que la isla siga obliterada bajo las barras y
estrellas. Y soy de los que temo que esta supuesta nueva apertura acabe en la
enésima colonización yanqui. Pero no me gusta generalizar, tal vez solo fue mi
experiencia, o tal vez no. Consuela que los haitianos de Little Haiti no se
hagan pasar por franceses y hablen con orgullo una de las lenguas más rudimentarias del planeta: el criollo. Es más, sospecho que buena parte de sus jóvenes habitantes querrían emular al original gangsta afroamericano. GTA II, nada ha cambiado desde entonces en Liberty City.
Las fotos, como siempre, son propias y desde mi modesto móvil.
Palabras
de una soporífera tarde en Santo Domingo.
Siempre comienzo los artículos con excusas, este no va a ser la excepción a ninguna regla. Ojalá el blog no hubiera quedado relegado a alguna aportación ocasional como las que suelen describir mis viajes, pero
a una complicada etapa personal se le han de sumar nuevos retos profesionales
en la abogacía social y, especialmente, la
cercana edición de mi primera novela junto a
la eventual rúbrica de la publicación de la segunda. En esa
esperanza nos movemos últimamente. Porque todavía quedan muchas cosas por las que luchar y resistir.
Empezar de nuevo una y mil veces decía hace no tanto y, de una
forma u otra, yo estoy en ello.
Precisamente, ese evocador
vocablo de "resistencia" ha de servir de necesario prólogo
para esta entrada. Y es que pocos estados han representado esa sublimación de negarse a la derrota como Cuba. Un lugar donde los
principios no se negociaban después del alzamiento del 59, o sí... desde la crisis del 93 doy por seguro que todo se negocia allí.
La iconografía de Cuba viene indeleblemente de la mano de sus dos
figuras revolucionarias: Ernesto Guevara y Fidel Castro. Pretéritos ambos. Y no estoy seguro de que el símbolo universal del irredento idealista estuviese
plenamente de acuerdo con lo desarrollado por su antiguo compañero de batallas desde Sierra Maestra, donde la
confianza tampoco regía su vínculo. Tras la derrota de Batista y después de renunciar a los cargos y responsabilidades que tenía en Cuba, el Che se fue a librar una guerra en Bolivia que
nunca pudo ganar, como bien demuestra el completo diario de su última epopeya, editado mil y una veces en ese intento de
exportar la revolución a toda Latinoamerica. Singularmente
recomendable su publicación por parte de la Editora Política de La Habana en 2004, no por la imparcialidad desde luego, si no
por la gran cantidad de información concurrente que permite, con
el necesario distanciamiento, entender la realidad de lo acaecido en octubre de
1966. Cuando murió la persona y nació el mito.
La realidad es que a partir de
ahí, y de forma exponencial tras
la caída de los soviéticos que sostenían en enorme medida el país, podemos decir que Cuba es un estado fallido. Ese epíteto ha sido cíclicamente atribuido a lugares
tan dispares como Liberia, Haití o Bangladesh y, aunque sin
parangón con la situación límite de tales latitudes, creo
que podemos atribuirle idéntica condición a este rincón del Caribe. El sueño socialista se ha transformado en pesadilla, y la razón principal se encuentra en el imperio que se erige a poco
más de noventa millas de sus
costas.
No será afán de estas líneas intentar defender la
menos mala de las pésimas aplicaciones de políticas marxistas a nivel estatal -y lo hago sintiendo rubor
de que sea por quedar fuera de las purgas y gulags,
que seguro que una de las teorías sociales más brillantes de la historia nunca pudo imaginar-, pero
pocas opciones quedan para una economía de diez millones de personas
con el bloqueo del capitalismo yanqui. No olvidemos que hablamos de una zona
donde solo los que se han rendido a las ínfulas colonialistas de las
barras y estrellas respiran un cierto bienestar. Desde su imposición en los años 60, el bloqueo genocida ha supuesto 21 condenas de la
ONU, y en su última "renovación" solo contó con el apoyo de EEUU, Israel,
y unas islas en mitad de Filipinas denominadas Palaos… mucho podría hablar del aliado
sionista estos días y poco de ese archipiélago que acabo de conocer, pero qué difícil es ponderar la valía de un determinado modelo político cuando han pasado tantos años sin comercio con los
norteamericanos ni sus filiales extranjeras, por no hablar de la
presión intrínseca y sibilina que debe experimentar
cualquier importador-exportador de otros estados. Y algo de eso sé de primera mano. Igualmente me repulsa ver una
tierra tan bella gobernada por un militar, que aún encima quiere adoptar
medidas capitalistas cuando la mayoría de su población cobra unos 20 dólares de salario mensual.
Sin embargo, por encima de
toda esa complicada madeja de intereses económicos
y ejercicios vindicativos por hechos de hace más
de medio siglo, la isla de Cuba es mágica. Se trata de una especie
de paraíso terrenal con cimientos
destrozados por doquier, nada funciona bien entre los ruinosos edificios de La
Habana... ni en Matanzas, ni en Santa Clara, ni en Cárdenas, y me cuentan que en Santiago de Cuba no están mucho mejor; salvo la alegría endémica de sus habitantes y su
capacidad de oratoria tan polisémica. Y aquí habría otro apunte que hacer: a una
amabilidad desmedida, y muchas veces fingida, se le une la indisoluble desconfianza
del interés económico en tu persona. No podía
ser de otra forma en un estado donde la mayoría
de sus habitantes se levantan cada día para ver cómo pueden arañar unos cucs al turista.
Normal y consecuente con su situación, yo sería el primero.
Aunque tampoco éramos
los visitantes idóneos para ello.
Este país multicolor conjuga las vetustas arquitecturas
coloniales sorteadas por grandes avenidas con suburbios de planta baja y tierra por
calzada, la masificación de hoteles y resorts "todo
incluido" a la vera de aguas cristalinas con arenales vírgenes despoblados de oriundos ofreciéndote transporte o sexo, o las dos cosas a la vez. Y todo ello lo debes de ver subido
en cualquier Plysmouth del 56 o Chevrolet Bel Air del 52, en lo que seguro
es una de las señas más bellas y distintivas de la nación, tanto como resultado de la fina ironía: los viejos coches
americanos con más de seis décadas a sus espaldas. Como el embargo norteamericano. Conmigo lo
tenían muy fácil para enamorarme. En mi experiencia de eviterno viajero me llevo sus viejas pedaleras, una carretera literalmente llena de cangrejos
cerca de Cayo Santa María y la luna que mas he visto brillar en mi vida, arrojando una luz sobrenatural a la solitarias arenas de Playa Blanca.
En un último ejercicio de síntesis, también me guardo los contactos de mucha gente. De la que ya no tiene tiempo para alimentar sus ideales porque ha de alimentar su boca, y ahí su drama común se resume en una población preparada con estudios superiores en una proporción admirable para sus circunstancias, pero sin una retribución económica que permita la
subsistencia digna sin encontrar réditos "por la izquierda". Ahogados por las propias restricciones del gobierno que
se ve incapaz de abordar con laxitud al enemigo yanqui, al imperio que lo libró de otro imperio hace más de dos siglos. Pero, amigos cubanos, todos los
imperios caen. Este no será la excepción.
¿Qué tienen algunos seres humanos que les permite levantarse una y mil veces después de cada golpe de la vida? ¿Cómo pueden asumir en semejante estado de ataraxia las perdidas de los seres queridos, las traiciones, la mala suerte endémica, el quebranto sistemático de su salud, y toda esa maquinaria que cercena los sueños por no disponer de suficientes numeritos en el banco? Mientras el resto nos compadecemos de nuestro desafortunado sino, de la gente mala con cara de buena y de los buenos con cara de malos; porque esos se han ido para no volver.
Entendí que yo también estaba lejos de quién debiera ser, de aquel que jamás lamentó perder. Un buen día le tuve que pedir consejo: "¿cómo puedo parecerme a ti?, ¿al hombre que no veo en el espejo?"
El que siempre estará a nuestro lado me dejó una única frase: "Ama todo lo que no te hará amado".
Así que si un día os encontráis con uno de estos seres tan extraordinarios, con los últimos violinistas del Titanic, uníos a su banda y tocad junto a ellos. Tal vez en el futuro lleguéis a convertiros en otro héroe sin honores. Y todo tendrá finalmente un sinsentido.
Aguantar un blog es como aguantar tantas otras cosas en la vida. Lleva implícito esa primera acepción semántica de la RAE de "sostener", de "no dejar caer", tanto como la tercera sobre "resistir", "soportar"; sinergia de significados que deberían converger en su definición más negativa,"tolerar algo a disgusto". Sin embargo y curiosamente, lo que se aguanta en tal sentido por mi parte, es dedicar mi tiempo y mis teclas a fines de otro tipo, encorsetados en esa dinámica profesional que te habían prometido como sino vital y que inexorablemente es asumida por la generalidad como Imperativo Categórico. "Fuck you, not us" decía Keith Morris en "American Hardcore". Y esa sigue siendo mi modesta aspiración cotidiana, hoy traducida en unas pequeñas líneas en este olvidado blog... porque los actos subversivos tendrán que esperar tiempos mejores.
Estaba muy pendiente una crónica de mi viaje a Berlín. Tan pendiente, como lejana en el tiempo para hacer un croquis fidedigno de mis días en la capital alemana por aquel octubre de 2012; así que redactaré desde el recuerdo, desde las sensaciones, e impregnado por esa neblina constante que nos despertaba cada fría mañana en el Grosser Kursfüst.
Nuestra llegada fue casi pasada la media noche, y de esa manera cumplimos una de mis fobias favoritas en cualquier viaje. No nos salimos del guión establecido, salida a AlexanderPlatz, uno de los símbolos regios -si se me permite la ironía conceptual- del Berlín Comunista. Tan soviético como esperaba, grandes espacios abiertos salpicados por imbricaciones geométricas de hormigón circunvalando la llamada TV Tower. Primer currywurst y al hotel. Mi fobia, citada anafóricamente, concluyó en la mala noche de rigor...
...Y en una buena mañana! Donde recuerdo que nos lanzamos a por el alquiler de dos bicicletas, víctimas de ese trending provinciano que te lleva a pedalear cada vez que llegas a una gran capital europea. A pesar de todo, tanto Berlín, como Londres, como Amsterdam son perfectos para tal medio de transporte. Por ello y gracias a las grandes avenidas de nulo desnivel, ingente carril-bici y respeto exquisito de los vehículos motorizados, llegamos rápidamente a Postdamer Platz. Allí nos reuníamos con una persona que conocía perfectamente la historia del Berlín Este, anhelo principal de mi viaje y puedo decir que no defraudó.
Esbozar aquí el génesis de la segregación de la ciudad se antoja excesivo. Valga a efectos introductorios, que como consecuencia de la toma conjunta de Berlín en la II Guerra Mundial por parte de los aliados y los comunistas -curiosamente se les suele excluir de la Alianza cuando fueron condición sine qua non para la caída de Hitler-, se realizaron unas divisiones soberanistas que con el paso del tiempo fueron un insoslayable reflejo de dos mundos, dos bloques, y con un Muro en medio. El Berliner Mauer, denominado oficialmente «Muro de Protección Antifascista» por la RDA, o también «Muro de la vergüenza» por parte de la opinión pública occidental, a gusto del consumidor vaya. Fue parte de las fronteras interalemanas desde el 1961 hasta 1989, donde su demolición significó el fin de la Guerra Fría y tantas otras cosas más.
El Muro de Berlín se vino abajo de forma definitiva en la noche del jueves 9 de noviembre de 1989, 28 años después de su construcción. La apertura del muro, conocida en Alemania con el nombre de die Wende
(El Cambio), fue consecuencia de las exigencias de libertad de
circulación en la ex-RDA y las evasiones constantes de su población. El líder de la RDA, Erick Honecker, renunció al cargo en octubre de 1989 y, sin su figura, el régimen no pudo seguir refrendándose como alternativa en la incipiente Unión Europea.
Berlín Este nada tiene que ver con nuestras habituales connotaciones sobre Alemania y su cultura. Con Mitte a la cabeza, es una suma de bloques de viviendas de herencia racionalista y funcional, a través de la corriente creada por la Bauhaus. La construcción modular se puede adivinar incluso en los ojos de un lego en la materia como yo, y da lugar a hermosos patios donde se han implementado todo tipo de talleres, pequeños comercios artesanos y una vida social digna de conservar en una gran urbe. En nuestra ruta también nos encontramos con los vestigios de Tageles, la emblemática casa okupa que todavía se erige como un símbolo; recordándonos que en aquellas latitudes se encontró el germen del movimiento Okupa, agrupando una gran variedad de ideologías que justifican sus acciones como un gesto de protesta política y social contra la especulación que continuamente lastra el acceso a una vivienda digna.
Tampoco podía dejar de mencionar el impacto que nos causó la Karl Marx Allee, tanto por concepto como por infraestructura. Liberada ya de su nomenclatura estalinista, su desarrollo hace honor a la ideología y no al genocida. Los llamados "Palacios para el pueblo" se extienden orgullosos a través de casi dos kilómetros de largo, conformando una especie de boulevard comunista, el cual, si bien pudo ser edificado en aras a un enésimo ejercicio de propaganda gubernamental, cristaliza ese viejo sueño "naif" de que, con un reparto equitativo de los medios productivos, todas las personas podrían disponer de una vivienda que ahora parece exclusiva de las posiciones preeminentes en la superestructura económica. Recorrer todo el fausto que exhibía aquella gran avenida con sus vertiginosos edificios, asumiendo que allí habitó la clase proletaria, me demostró que las construcciones físicas suponen un esfuerzo pírrico al lado de las construcciones sociales.
Además en uno de sus patios interiores pude descubrir un viejo Trabant, el coche al que accedían los habitantes del Este tras una lista de espera de 10 años.
Pasaron los días y cambiamos de mundo.
Berlín Oeste estuvo durante su vigencia en manos de los tres aliados
occidentales, y en consecuencia sólo los aviones de Estados Unidos, Reino
Unido y Francia surtían de capitalismo a aquella isla sin mar en medio de la RDA. Las continuas subvenciones y el inveterado apoyo por parte de las potencias occidentales convirtieron el "Ich bin ein berliner" de Kennedy en un dogma irredento ante la amenaza soviética. En la actualidad, alberga la infraestructura gubernamental de Alemania, y por ende, la nuestra; con un Bundestag digno de ver a nivel arquitectónico, pero inánime después de nuestra "experiencia socialista". Su paisajística es tan opulenta como olvidable. Y como bien decía, escribo estas líneas a golpe de recuerdos.
No obstante, la historia de Berlín no se ciñe a una dialéctica entre sistemas económicos, ni a una segregación poblacional por decisiones soberanistas encontradas. El antecedente de todo ello es el Horror, estábamos sobre el tablero de ajedrez donde concluyó una guerra que se llevó 50 millones de almas. Una guerra que se libró por las tendencias psicopáticas de un genocida y con la inexplicable aquiescencia de una población coetánea a la República de Weimar, adalid de la justicia social. Tamaña sinrazón hace que la ciudad, y en especial esta parte Oeste, sea un recuerdo permanente de la barbarie, y disponga con una mezcla de repulsa y vergüenza de todo tipo de "tótems" para que el visitante genere su más absoluta consternación casi 70 años después.
Ojalá tuviese más tiempo pero he de terminar mi relato, de la misma forma que se terminan mis escasas horas libres de domingo.
En definitiva, Berlín es un lugar poliédrico, con una historia apasionante y terrible, y con un presente joven, reivindicativo y acogedor. Si en 1979 hubo un London Calling, yo en 2012 descubrí el Berlin Calling. Una llamada agridulce, un suspiro en aquella neblina emanada por los efluvios del Spree, una caricia de una mano siempre fria y un abrazo fulgurante en todas sus acepciones, que brilla, te quema intensamente...y se va. "De esta manera seguimos avanzando con laboriosidad, barcos contra la corriente, en regresión sin pausa hacia el pasado."
Me gustaría abordar la reforma del Código Penal, anunciada hoy por Ruiz Gallardón, una vez que haya pasado por el filtro parlamentario y se vea definitivamente rubricada en el BOE, pero la pretensión divulgativa del blog pasa por hacerse eco de este tipo de noticias y la necesaria e inmediata "deconstrucción" del penalista, científico jurídico por excelencia e irredento dogmático por necesidad.
No hay esperanza con el poder legislativo, pero tampoco la había antes; la racionalidad penal ha de mirar exclusivamente a los jueces y tratar de instruirlos para la tormenta que se avecina. El endurecimiento del Código Penal, heredero la de defensa social burguesa, ha dado su enésima vuelta de tuerca hacia la perpetuación de las desigualdades estructurales y en post del rédito electoral perdido por la -permítaseme la cita- "convenida decadencia de la clase política".
En primer lugar, y por cuestiones de espacio obvias, de la batería de reformas presentadas únicamente quiero incidir en la prisión permanente revisable y la supresión de los procedimientos de faltas, esta última ampliamente rogada desde los sectores jurídicos, pero no,desde luego, para transformarla en una nueva categoría de delitos leves. Porque respecto a lo demás, ya no sorprende que el llamado "legislador a golpe de telediario" haya previsto tipificaciones como la divulgación de imagenes íntimas justo después del "caso Olvido Hormigos", o una categorización expresa para la detención ilegal -secuestro- sin dar razón de paradero tras el execrable devenir de la investigación "Marta del Castillo". Por supuesto, todo ello tenia una resolución actual en la jurisprudencia que, sin embargo, no se traducía en la aquiescencia populista por el desconocimiento general y la continua desinformación expuesta sobre estos acontecimientos en los medios.
Como decía, y en una fase de la reforma que podríamos calificar como "embrionaria" , tan solo quiero hacer un par de apuntes sobre las propuestas subrayadas al inicio del párrafo anterior. En primer lugar, la prisión permanente revisable, ese gran eufemismo enarbolado por Gallardón es palmariamente anticonstitucional. La Abogacía Española y su Subcomisión de Derecho Penitenciario se ha
manifestado reiteradamente en contra de cualquier pena a la que no se le
fije un límite de cumplimiento, ya que es contraria a los artículos 10,
15 y 25 de la mentada Carta Magna, en un contexto donde nos reiteran todos los días el "totem" del marco constitucional -recordemos que sólo se puede modificar con alevosía para articular la reducción del deficit-. La inocuización del preso adquiere una nueva dimensión, ni tan siquiera se disimula con la teórica reinserción presente en el 25.2 CE, y revela al fin la aplicación exponencial del "Derecho Penal del Enemigo"; especialmente respecto a los denominados como terroristas, sobre los que todos conocemos que una vez detenidos pierden su capacidad de delinquir de por vida.
El otro vértice del planteamiento reformista que ha llamado mi atención -entendamos aquí que me ha soliviantado por encima de la media- es la inclusión del delito leve de hurto para las sustracciones por debajo de los 1.000 euros; ésto, hablando en lego, va a significar que los nuevos condenados por tales hechos irán a la cárcel. No voy a entrar en la casuística de que los profesionales del carterismo serán por fin inocuizados, porque aparte de faláz, lo único que subyace en la medida es, una vez más, el castigo y segregación de la pobreza. Mientras tanto, pensemos en la inacción ante las reiteradas conductas de corrupción, evasión de capitales al extranjero de las grandes fortunas, rescate público de la deuda privada de los bancos y como no, la gran medida gubernamental de la "Amnistia Fiscal"; es decir, mientras al contribuyente medio se le repercute un incremento continuo de tipos impositivos directos y sobre todo indirectos, al gran defraudador se le permite retornar al cauce lícito su dinero a través de un gravámen irrisorio.
Hablariamos de lo que me atrevería a denominar como el "clasismo estructural punitivo", en paralelismo con el tradicional concepto económico; ya no sólo es que las clases populares abonen al banco los intereses que generan las ingentes fortunas inmovilizadas a través de cualquier crédito o financiación que nos veamos obligados a pedir, sino que se indulta al gran defraudador fiscal mientras los pequeños hurtos -el equivalente a minúsculas defraudaciones- supondrán el encarcelamiento...y 80 euros al día por preso.
Y lo peor de todo es que podemos estar contentos por lo que ha quedado fuera, las convocatorias mediante redes sociales y demás han supuesto un reto demasiado atrevido para el gobierno, en momentos donde la protesta en las calles funciona como necesaria válvula de escape, y porque no, como primera piedra para sedimentar una nueva esperanza; también en el Derecho Penal.
El miércoles 19 de septiembre asistí a lo que se me presentó como un "hito" en la
historia de la criminología. La presentación del libro de Wayne Morrison "Criminología, civilización y nuevo orden"
en el Estado Español fue merecedora del tal consideración por Eugenio Raúl
Zaffaroni, excelso jurista argentino. Sucintamente, la obra disecciona el interrogante de porqué los grandes crímenes de masas cometidos por los estados han
quedado fuera del estudio de esta ciencia jurídica; o más bien llama la
atención sobre ello, abriendo un nuevo campo de estudio a través de una
palmaria "ruptura epistemológica". El escalofriante dato de que
190 millones de personas han perecido como consecuencia de acciones de esta
tipología revela la importancia del enfoque descrito.
La
criminología es una ciencia
interdisciplinaria sedimentada en conocimientos propios de la sociología, psicología y antropología social,
tomando para ello el marco conceptual que delimita el Derecho Penal. Pretende abarcar la etiología de las causas del crimen y preconiza los remedios del comportamiento antisocial
del hombre, pero la realidad es que se veía anclada reiteradamente a la
ponderación de comportamientos individuales o de las llamadas
"subculturas".
En la línea de la denominada "criminología
cautelar" del propio Zaffaroni, una ciencia que se dedique a contener al
poder punitivo del estado -siempre fuera del concepto "bélico"-,
alertando de sus causas y soluciones, parecería irrogar de una renovada legitimidad
a las ramas criminológicas; y lo que es más importante, incardinarse dentro de
una labor desconocida hasta ahora.
Sin embargo, considero que se puede ir más allá.
El estudio de mecanismos lesivos para los seres humanos propiciados por la “violencia
estructural” (véase el artículo “Violencia” en este mismo blog) y otros agentes
difusos como los de tipo "financiero", se torna una consecuencia
inexorable del pretendido cambio de miras criminal. Por difundir algunas de las
cifras dadas por el Dr. Iñaki Rivera en la meritada presentación de la obra ¿Quien
se hace cargo de los 25.000 muertos en el mediterráneo que intentaban llegar de
forma "no regulada" a Europa? ¿Qué sucede con las 5.000 familias
desahuciadas al mes? Son fenómenos que una disciplina dedicada al estudio de
los crímenes de estado no puede dejar pasar por alto, sobre todo viviendo en un contexto en el que una valoración mercantil, artificiosa e interesada, de cualquier agencia de calificación económica va a causar mucho más dolor que cualquier acción psicopática a título individual.
Visualizar y profundizar en los procesos
causantes de esos "daños" aceptados, que no aceptables, es el
necesario antecedente para un Derecho basado en los seres humanos, y no en la
protección de intereses económicos de marcado semblante oligárquico. En ese
contexto y con ese objetivo, seguramente no se faltaba a la verdad cuando se decía
que asistí a un “hito” en la historia del pensamiento criminológico, pero prefiero anhelar un “hito” desprovisto de asepsia y que pueda
influenciar de forma radical la ordenación legislativa de nuestras vidas.
Éste es un artículo dirigido especialmente al uso forense, creo que casi el único que he escrito de ese tipo, pero no dudo que puede resultar interesante a todos aquellos "legos" con los que habitualmente departo sobre la temática. La forma de interrogar en un juicio es un tema jugoso y del que se ha hablado muy poco en la doctrina continental, todavía reacia a adoptar la pericia anglosajona del cross examination. Yo voy a comentar un poco de mis directrices personales, y siempre ilustrado por la terminologia de las escasas lecturas -insisto, casi no hay disponibilidad- que hice al empezar mi ejercicio en la abogacía. Todo ello de forma muy sucinta por las clásicas cuestiones de espacio, y recalcando que se trata de unas preferencias estrictamente particulares del que suscribe.
El único antecedente que hemos de tener claro es que la preparación y conocimiento sobre el fondo del asunto, de las personas que nos disponemos a inquirir y de sus eventuales motivaciones, constituye una mejor baza que cualquier habilidad dialéctica del letrado; y va a marcar inexorablemente nuestro hipotético éxito profesional.
Vamos a situar la escena en el interrogatorio de un testigo "no de parte", es decir, aquel que no ha sido presentado ni "preparado" por nosotros. En esa tesitura, ya hay que hacer una pequeña clasificación dependiendo de si es: un testigo veraz (en el sentido que profesa "su" verdad de los hechos de forma correcta), un testigo involuntariamente inveraz, o un testigo deliberada y conscientemente falso. El primero de ellos exige la mayor cautela, el segundo precisa de nuestras mayores habilidades y el tercero requiere de una exponencial agresividad.
Por norma general, yo adopto 3 estrategias dependiendo de su exposición:
-Restar importancia a su testimonio: no atacamos su relato fáctico, no contraponemos elementos que desvirtúen su declaración...simplemente nos limitamos a infravalorar el nivel probatorio de lo expuesto. No es lo suficientemente importante para destruir la presunción de inocencia
-Atacar frontalmente su relato de hechos: en este caso, y habiendo surgido los elementos incriminatorios en la diligencia testimonial, mi labor se concentra en inducir situaciones de duda al ente ponderador. No hay que discutir su capacidad de imputación, si no que tales circunstancias sean ciertas y ello por las percepciones erradas involutariamente del declarante; y siempre en atención a las características físicas de la razón de su conocimiento.
-Desacreditar la credibilidad del testigo: en tal escenario, me toca abordar la veracidad subjetiva del individuo que esta deponiendo en sede oral; el contenido de su exposición es incriminatorio pero es manifiesta y dolosamente falso. Hemos de buscar su móvil espurio y revelarlo en juicio. Miente y lo hace por un determinado motivo.
Para adoptar estas funcionalidades, nuestras preguntas pueden revestir otras 3 formas: preguntas conductoras,preguntas sugestivas y preguntas capciosas.
Voy a ilustrar con un ejemplo cada una
-Las preguntas conductoras (leading questions): en realidad, estamos ante afirmaciones de carácter interrogativo, la respuesta se halla presente en la pregunta y su contestación casi siempre se podrá reducir a un sí o no.
Ejemplo ¿ Los agresores le golpearon en la espalda con algún objeto contundente? ¿Es exacto, por lo tanto, decir que en ningún momento usted pudo ver quien le agredía? Aquí tenemos una clásica leading question, se le infiere al testigo la respuesta mediante la pregunta, el resultado del interrogatorio está lo más controlado posible por el letrado. En realidad, soy yo el que construye la información.
-Las preguntas sugestivas: serian una tipología muy próxima a las de tipo conductor, pero que debido a las circunstancias - muchas veces nuestra propia falta de información- no podemos concretar tanto para reducir a una aserción meramente negativa o positiva.
Ejemplo. ¿Usted en que momento fue agredido por la espalda? ¿Cuando pudo girarse y ver la huida de los agresores?. Estas dos preguntas revelan y tienen por meritada una determinada información, la primera implica que el testigo fue agredido por la espalda, mientras la segunda viene señalando que tampoco pudo ver la identidad del atacante en el momento del golpe. Ambas son indubitadamente sugestivas y avanzan la réplica. En caso contrario, otro abogado podría decir ¿Como fue usted agredido? ¿Pudo comprobar la identidad de sus agresores? Así estamos dejando fuera de nuestro control la eventual contestación, y violando la que para mi es la regla de oro, "nunca hagas la pregunta clave si no sabes la respuesta".
- Las preguntas capciosas: se desarrolla la técnica interrogativa de sugestión pero con un elemento incierto, falso, creado artificiosamente por el letrado. No están permitidas en nuestro ordenamiento y son una clara violación del correcto comportamiento deontológico.
Ejemplos posibles en relación con las anteriores ¿Usted cayó al suelo cuando fue agredido por la espalda con una piedra? ¿Usted pudo ver a quien le golpeó por la espalda confundiéndole con la persona que acaba de robarle?. El testigo no sabe si le agredieron con una piedra (hemos hablado antes de un objeto contundente), tampoco conocería si fue atacado por equivocación en un acto de legitima defensa. El letrado crea -maquiavélicamente- un escenario que pueda ser favorable a sus pretensiones y que pueda corroborarse mediante la prueba testifical.
Tenemos claras las diferentes estrategias a adoptar en la valoración de las declaraciones , hemos clasificado los tipos de testigos existentes y su consecuente interacción, y por último se ha visto que tipo de preguntas pueden ayudarnos en nuestros interrogatorios. Evidentemente, todo constreñido en unas pocas lineas, pero volveré a desarrollar algunas de estas cuestiones con mayor profundidad en venideros artículos. Tener el despacho abierto en agosto me permitirá eso y mucho más.
En aras a la sinceridad, pocas veces pensaba en retomar el blog y su
modesta pretensión divulgativa; los últimos
meses han estado mediatizados por la apertura de mi despacho, un par de casos “difíciles”
y la omnipresencia de la tesis doctoral, que aunque de forma incipiente, ya se
va irrogando de un cierto valor a efectos académicos.
He hecho algunos viajes que merecerían este artículo, pero en esa vorágine
personal a la que me vi sometido, no saqué ni tiempo ni ganas para ello;
igualmente el estreno de mi pequeño local en el Barrio de Gracia debería haber
tenido su acogida en esta web, pero de la misma forma lo he ido postergando...
Así que, un vuelo bastante aburrido de Gatwick a Barcelona, me ha determinado a
que saque el portátil y comente algo sobre mi estancia en Inglaterra.
Hacia años que no pisaba estas islas, incluso siendo un destino
recurrente entre mi circulo social; por ello y una vez que gran parte de mi “emigración gallega” ya
ha buscado nuevos horizontes, seguramente el viaje ha llegado tarde; todo lo
tarde que pueden llegar unos días en Londres.
Aterricé un miércoles, en mitad de la semana y en mitad de otras
tantas cosas. Mi socio me esperaba en Victoria Station, allí perdí momentáneamente
la cartera y con ello la calma que requiere el “dia inicial”, pero la
diligencia de Zadek, el gerente de Gatwick Express, fue tal, que una hora después
era remitida en tren por su homónimo de la ruta Southern Line, el maldito lugar
donde la había dejado olvidada en una cabina telefónica. Con un “this is
england” intenté expresar mi infinito agradecimiento al desconocid@ que la puso
a disposición de la oficina de “left luggage”; Zadek repitió la frase litúrgicamente,
y empezó a contribuir a desterrar de mi cabeza el estereotipo de inglés “low
cost” que he venido padeciendo estos años atrás en Ibiza, Tenerife, y cualquier
otro sitio bendecido por playa y sol que haya frecuentado.
Mi hogar para la semana se encontraba en Stepney Way, zona 2 configurada
por edificios que me recordaban a la película “Attack the block”; de población
mayoritariamente hindú no acabé de ubicar ante que tipo de barrio me
encontraba, pero pude confirmar la perpetua descompensación entre el binomio
calidad-precio que ostenta la capital británica.
La noche inicial me llevó a Brick Lane, enclave en
apariencia pujante de la escena londinense. Un ordenamiento urbanístico con
mucho encanto, alberga algún club a
destacar, como el 1001 o el 93, tiendas de ropa vintage, y toda clase de
puestos de “pastelitos indios”, deliciosos allí, en Barcelona y en cualquier
lugar del mundo seguro; soy fan declarado.
Al mediodía siguiente amanecimos con la idea de la visita de rigor a
Candem Town; puedo decir que sigue siendo una parada obligatoria, pero no veo
el romanticisimo que creo guardaba antaño. Los puestos de tatuajes con su “prohibido
cuello, cara o manos” dejan claro ante lo que estamos, supuesto “underground”
enlatado para turistas, adolescentes o “rebeldes” de una semana; sin
compromiso, sin complicaciones y sin militancia. Efectivamente, un producto de “mercadillo“.
Después de cenar nos acercamos al Soho, buscábamos un par de referencias
electrificadas como el “Twelve” o el "Crobar"; lamentablemente la agenda musical
nos fue del todo desfavorable, la gente de Rucktion Records justo programaba el
día de mi marcha, y lo que encontramos fue a "esto" versionando algunos “hitos”
del punk con desigual resultado. El resto del barrio es una zona de ambiente
gayfriendly, con aparentes signos de exclusividad y muy cara; seguro que si
rascas la superficie encuentras cosas interesantes, pero no fue nuestro caso.
El tercer día estaba dedicado a la bicicleta. Con escasas horas de sueño, nos lanzamos a una frenética visíta a golpe de pedal por todos los "totems" de Londres. Desde Buckingham Palace y la vergüenza ajena que produce, al Big Ban o Westminster Abbey, para acabar en el clásico London Eye; debo reconocer que la orilla del Támesis tiene mucho encanto, el TATE o el teatro de Shakespeare son buena prueba de ello. Al caer el sol nuestra indefinición nos acabó llevando a Chinatown, y por ende, a un club de poker bastante turbio, como tiene que ser; el "Fox club". Me dieron el número 13 en el guardarropa, a partir de ahí huelga decir nada del resto.
La mañana siguiente lo que quedaba de nosotros se acercó a Portobello Road, muy agradable el mercadillo, con puestos de comida buena y barata, antiguedades, y algún artista callejero en un entorno, él de Notting Hill, realmente bonito. Y poco más, vuelta a Barcelona a seguir peleándome por sacar mis proyectos personales y profesionales adelante.
Para cualquier análisis exhaustivo y de verdadero valor sobre la capital británica acudir a la web de mis amigos de combatlondon, ahí sí se os destripan exponencialmente todas las posibilidades de esta gran ciudad. Las fotos "diurnas" que cuelgo son sacadas con mi móvil, pido benevolencia ya que es la unica forma de que no venga ninguna sanguijuela a hablarme de derechos de autor. Un saludo!
Más de un año escribiendo en este blog y toca hacer balance, lo que pretendió ser un lugar de reflexión jurídica y social, al final ha acogido artículos de todo tipo de temática. Indubitadamente, para hablar de aspectos dogmáticos de derecho penal y criminología hay webs mucho más cualficadas que esta, con lo que la adaptación al perfil de la mayoría de las personas que entraban en "Derecho de Resistencia", ha sido la gran causante de esta falta de definición en las cuestiones a tratar.
El seguimiento es muy bueno, así lo dicen los datos analíticos de Google, pero la colaboración ha sido bastante más discreta y discontinua, salvando por supuesto la columna de psicología de Manuel Ramos Garrido, que ha sido la única que ha mantenido un caracter estable.
Es por todo ello que mis artículos se limitarán a la sección de "Crónicas desde la Resistencia" y tal vez a alguna opinión de algún tema de actualidad ocasional; realmente es lo que ha sido más reconocido e interesante para la generalidad y no tiene sentido que sigamos apuntando aqui a muchos otros temas que no motivan a los lectores, más aún de la forma tan errática que se venia haciendo; pasar de hablar de cuestiones dogmáticas sobre el dolo eventual a teorias ecológicas liberales puede estar bien a nivel de ambiciones y ejercicios intelectuales, pero no es el sitio para buscar reconocimientos en ese sentido. Además el ritmo de blog es muy perjudicial para determinadas temáticas, se quieren ahorrar explicaciones e imprimir un dinamismo a la lectura y lo único que se consigue es que nos quedemos en la superficialidad en muchos analísis, y lo que es peor, que sea de forma consciente y pretendida.
Nos veremos de forma menos habitual, pero seguro que con mayor interés. un saludo a tod@s!!
Segunda Etapa de 1918 a la actualidad (Prohibicionismo)
Es a partir de 1918, con el Real Decreto de 31 de julio, por el que se aprueba el reglamento para el comercio y dispensación de las sustancias tóxicas y en especial, de las que ejercen acción narcótica, antitérmica o anestésica, que se empiezan a regular legalmente estas sustancias. En este primer momento, la ley va concretamente dirigida al opio, sus alcaloides y a la coca de Perú.
Esta regulación constituye un claro esfuerzo por adaptar la legislación española al recién firmado Convenio de la Haya de 1912. Sin embargo, más que un claro prohibicionismo, se aprecia en el espíritu de la ley que la preocupación del legislador se centra en el éter y en resolver un conflicto de competencias entre boticas, entregándole el monopolio de las drogas a los estamentos médicos y farmacéuticos.
En el plano internacional, se firma el 19 de febrero de 1.925, en la ciudad de Ginebra, el Convenio Internacional sobre Restricción en el Tráfico del Opio, Morfina y Cocaína, el 19 de febrero de ese año en la ciudad de Ginebra, y España debe nuevamente adaptarse al nuevo contexto. Lo hace a través del nuevo Código Penal de 1928, en el que ya hace distinción entre drogas tóxicas o estupefacientes y sustancias nocivas para la salud o productos químicos que puedan causar grandes estragos, y en el que la pena que se prevé para el tráfico ilícito y la producción es de arresto mayor -que puede llegar a los 3 años-. Pero este endurecimiento del aparato penal no estuvo exclusivamente influenciado por el contexto internacional sino que se fue gestando poco a poco a través, sobre todo, de empresarios morales que levantaron voces represivas frente al uso de estas sustancias, volviendo a relacionarlas como ya se hizo en otro tiempo, con un claro posicionamiento moral.
Como resultado de la influencia de esta corriente represiva, tenemos el 19 de enero de 1927, una circular dando instrucciones a los fiscales de las audiencias acerca de su intervención en los sumarios que se tramiten por circulación, venta y suministro de tóxicos estupefacientes, justo dos días después de que el rey Alfonso XIII se pronunciara a favor de que se logre castigar cualquier infracción al respecto.
Como consecuencia de este progresivo endurecimiento de las leyes y de la mayor represión, el precio de la droga subió considerablemente y junto con un comercio de contrabando, se fueron adulterando cada vez más estas sustancias, con los evidentes problemas que eso supuso para la salud de los consumidores. No solo las nuevas drogas se vieron en el punto de mira de la administración, sino que también el alcohol se vio envuelto en polémica, al relacionarlo con delitos de sangre. Sin embargo las medidas que se tomaron con respecto a este tema fueron mucho más laicas, proponiendo tan solo el cierre de tabernas a ciertas horas.
A partir de aquí, el panorama internacional se llena de convenios y protocolos relacionados con la prohibición de drogas, y en relación con el caso español -que estaba en plena dictadura-, la creación de leyes y decretos también se van sucediendo, pudiendo destacar la Ley de Bases de Sanidad Nacional de 25 de noviembre de 1944, y la Ley 17/1967, de 8 de abril, de normas reguladoras por las que se actualizan las normas vigentes sobre estupefacientes adaptándolas a lo establecido en el Convenio de 1961 de Naciones Unidas. La última de las Leyes franquistas en materia de drogas se verán reflejadas en la Ley de Peligrosidad Social de 1970 y en la reforma del Código Penal de 1971, en el que se aprecia un fuerte endurecimiento de las penas y la transgresión del principio de legalidad -por dejar una cláusula abierta, penas demasiado rigurosas, gran arbitro al juzgador que podía incrementar la pena hasta los veinte años, y la ausencia de legislación para el consumo propio- (Escohotado, 1989).
Una vez finalizada la dictadura, la primera reforma democrática que el PSOE adoptó en materia de drogas en 1983, redujo las penas, despenalizó el consumo, distinguió drogas “duras” y “blandas” y suprimió las cláusulas abiertas de incriminación.
Una reforma con un carácter claramente opuesto al espíritu de la legislación franquista. Sin embargo, este cambio de rumbo en materia de drogas no duraría mucho. En 1988, una nueva reforma del Código Penal incrementaría las penas por encima incluso de la antigua legislación franquista, recuperando su texto casi íntegramente. Solo se hicieron algunos cambios en el vocabulario como sustituir la palabra “uso” por “consumo” y se recuperó la cláusula abierta de incriminación tipificando conductas como “promuevan, favorezcan o faciliten”.
Este nuevo cambio de rumbo, fue en parte consecuencia del problema de la heroína en España. La creciente alarma social impulsada en parte por las campañas antidroga que proliferaron en 1978, incluso antes de que la heroína se convirtiese en un auténtico problema para la sociedad (González Duro, 1979). Se puede apreciar un antes y un después si nos fijamos en el número de consumidores adictos a la heroína en 1976 -prácticamente desconocida en España-, y en 1982, donde el número de jóvenes que habían aprendido a inyectarse opiáceos se podía contar por decenas de miles. En 1977- 1978, aparece la figura del “yonqui” en los medios de comunicación como un estereotipo de consumidor de heroína. A partir de aquí, se produce una reacción epidémica del problema, llegando entre 1983-1986, a su máxima expresión.
Sobre 1987, el número de nuevos consumidores se va reduciendo considerablemente aunque aumenta la morbilidad y mortalidad de los heroinómanos por sus estilos de vida y la proliferación de VIH, que se contagiaba velozmente debido a las prácticas de intercambio de jeringuillas, muy frecuentes entre adictos. Sin profundizar más en el tema, cabe decir que esta situación se recrudece en las cárceles, donde las cifras de adictos infectados llega a ser escandalosa. A todo esto, hay que añadir la influencia que ejercieron los empresarios morales y la oposición para que se tratase el problema a través de la represión y sanción punitiva más estricta.
Como consecuencia de ello, la gestión del “problema de las drogas” en España empezó a copiar sistemas de tolerancia 0, ya instaurados en otros países. La creación de un Plan Nacional sobre Drogas en 1985, la posterior ratificación del Convenio de la ONU de Viena de 1988, la creación de la Ley de Seguridad Ciudadana de 1992 -Ley Corcuera-, una nueva reforma del Código Penal en el mismo año y una reforma del Código de Enjuiciamiento Criminal, apuntaban a una política criminal completamente represiva y prohibicionista, que plantean ciertas dudas de constitucionalidad.
Sin embargo, también hay que puntualizar que España no asumió las recomendaciones del Convenio de 1988 en cuanto a que los Estados parte penalizaran también el cultivo y posesión para consumo propio, así como también introdujo en en el Código de 1988 un apartado (93 bis) en el que ofrecía ventajas a aquellos toxicómanos que habiendo delinquido por motivos de dependencia, se prestaran a desintoxicarse.
Continuando con la línea seguida desde los años 70, la Convención de Naciones Unidas contra el tráfico ilícito de estupefacientes y sustancias psicotrópicas de 1.988, ratificada por España el 30 de Julio de 1.990 es el modelo en el que se inspiró el legislador a la hora de regular el delito de tráfico ilegal de drogas en el Código Penal de 1995, en el que se optó, sin hacer balance de las reformas anteriores efectuadas en 1988 y 1992, por un indiscriminado aumento de las penas a imponer con la intención, en ese momento, de seguir acallando la alarma social existente en nuestro país en torno a las conductas relacionadas con el tema de la droga.
Y esta política criminal de penas completamente desproporcionadas es la que se ha continuado con la reforma operada por la Ley Orgánica 15/2003, de 25 de Noviembre por la que se modificó el citado Código Penal, con la cual se amplió el número de agravantes aplicables al delito, intensificando, aún más, la pena de prisión de forma generalizada y, en la actualidad, con la Ley Orgánica 5/2010, de 22 de Junio por la que se ha vuelto a modificar el Código Penal existente, y en el que, si bien se ha rebajado de nueve a seis años la pena máxima contemplada en el tipo básico del artículo 368, se castiga aún con mayor dureza a los que realicen los hechos descritos en el tipo base si pertenecen a una organización delictiva.
Obviando con ello el hecho de que las penas desproporcionadas no sólo infringen el mandato constitucional expresado en el artículo 15 que prohíbe las penas inhumanas y degradantes, sino que además provocan inseguridad jurídica e insensibilidad social pues acaban acentuando la condición de víctima del delincuente, y exponen el sistema de justicia penal a una grave crisis de legitimación y credibilidad. (MAQUEDA ABREU,1998)