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domingo, 28 de junio de 2015

TON-UP BOYS (I)


Mi primera incursión oficial en el periodismo bonzo pasa por una tarde lluviosa de principios de marzo de 2015 en la zona 6 de Londres. De casi todos es conocida la estratificación geográfica de la capital de Inglaterra, porque muchos de nuestros emigrantes y sus visitas sufren la 2 y, en mayor medida, la 3. Había estado la noche anterior tomando unos british bulldogs con mi padre –no le temblaba el pulso de 73 años cogiendo un vaso ancho con vodka tintado por licor kahlua, que desgraciadamente es el coctel más desconocido para un barman del Estado español-, y amanecí con una leve resaca, como si mi realidad la percibiese a través de la neblina del Támesis en un día de otoño. El sol salió timorato a primera hora de la mañana entre esas nubes hipertrofiadas tan típicas de isla, para después quedar obliterado por un cielo plomizo que comenzó a jarrear agua sobre la piedra que pisaba. Me despedí de la familia y fui a la cita que siempre había postergado por variadas razones en el Ace Cafe. Recogí a Fernando, el clásico barcelonés de zona alta templado en cada gesto, cerca de su apartamento de Swiss Cottage, y trazamos el trayecto tras un par de diagramas en el mapa de ferrocarriles. Unos cuarenta y cinco minutos más tarde, bajo la misma agua, tenía enfrente el trébol negro señera de las motos cafe racer.



Yo sabía adónde iba, pero la gran mayoría de vosotros no. Así que lo ilustraré, y para ello me tengo que remontar al horror: la Segunda Guerra Mundial selló para siempre la atrocidad en nuestro código genético. Tan solo veinte años más tarde de la Gran Guerra, un psicópata comandó a Alemania en la absurda idea de galvanizar el mundo bajo una esvástica… y casi lo consigue. Millones y millones de muertos mediante, en unas cifras pornográficas que no deberían ser reproducidas ni con un teclado, el bando aliado ganó la contienda allá por 1945. Pero habían perdido todos. Y con Hiroshima se derrumbó el último rasgo de humanidad de esta civilización. La magnanimidad de los vencedores cayó con una bomba atómica que barrió de la existencia a la indefensa población civil. Lo aterrador es que no se hizo como parte de una solución final secreta orquestada por unos cuantos comandantes nazis presos de la banalidad del mal, sino que los quince kilotones explotaron en suelo japonés en riguroso directo para las masas vindicativas de Pearl Harbour. ¿Qué joven de los años cincuenta podría asumir el dictado de una generación precedente deslegitimada ya para siempre? El FIN, con mayúsculas de relevancia, estuvo presente en la sociedad desde el obituario genocida. Y que a nadie se le pidan demasiadas explicaciones con tal premisa cotidiana. Por eso en la incipiente sociedad de consumo que surgió tras la sinrazón, llegaron las subculturas juveniles, de las que algunas acabarían convirtiéndose en contraculturas.

Con un paraje urbano todavía erigiéndose sobre sus ruinas, el crédito financiero comenzó a fluir exangüe entre los jóvenes ingleses. La motocicleta de antaño era un distintivo casi señorial, pero los postadolescentes de Londres lograron cimentar su anhelo material en las primeras cafe racer: pequeñas carenadas con mimimalistas chasis, estriberas, y colines destinados a un aligeramiento general de la máquina. No había dinero para un coche, ni tan siquiera para una lambretta o una vespa como las que exhibirían sus némesis: los mods. Y ahí emergió colérica la figura del ton-up boy. El apelativo definía a cualquier chaval que lograse llevar uno de esos cacharros artesanos por encima de cien millas a la hora (160 km/h).

Abrí la puerta del Ace Café, y a partir de aquí solo haré de escribano de la historia que me contó el manager del local: un tipo desgarbado con coleta, gafas, y un cierto aire intelectual. Un cuarentón de… Coruña. «Vine por la música y me quedé por las motos».

Seguimos.

JM

miércoles, 24 de junio de 2015

PERIODISMO BONZO


Tenía ganas de meterle mano al blog en el sentido más lascivo de la expresión. A rebufo del programa radiofónico heredero del espíritu de esta modesta iniciativa, los canales de comunicación de Derecho de Resistencia fluyen como si se les hubiese aplicado el cateterismo del mejor cirujano, y las idas y venidas de cuestiones entre oyentes/lectores son vertiginosas para dos individuos que, de momento, solo tienen un par de horas quincenales en una emisora libre de Barcelona. Por ello, me animo a abrir una nueva sección escrita: Periodismo Bonzo.
 

Hace escasamente un mes y tras uno de nuestros cortes de locución, le comenté a una vieja amiga que lo que iba a desarrollar en las ondas siempre tendría algo que ver con mi vida, con una suerte de periodismo gonzo, a colación del apelativo del gran Hunter S. Thompson para su forma de narrar los reportajes. Os libero de acudir a cualquier fuente de internet para comprender de qué se trata. Me refiero a ese subgénero del Nuevo Periodismo de finales de los sesenta en Estados Unidos que, a diferencia de aquél, convertía al investigador en propio sujeto activo de la noticia. Interesaba más el contexto que el objeto mediático, e interesaba más la reflexión hiperbólica que la información aséptica. Parecía conjugar sin máscaras muchos de los tics que hoy atrofian nuestros medios de comunicación, salvo que era tan políticamente incorrecto como su creador. Así que todo acabó con el Doctor Thompson —como le gustaba ser nombrado— volándose la cabeza en su rancho de Aspen en el 2005. Debió de ser difícil aguantar el personaje del periodista gonzo toda una existencia, principalmente porque como él dijo: «lejos de recomendar una vida de drogas, demencia y violencia, pero sin ellas yo no sería nada».

Entonces, mi querida amiga no comprendió bien el vocablo y sentenció: «me suena a quemarte a lo gonzo». Con su explicación aludió a una idea cercana a la que yo le quería transmitir: situarse en el centro de la noticia muchas veces te quemaría vivo literalmente. Bien, me consta que estaba cansada tras diez horas de papeleos no demasiado fructíferos, pero me quedé con su lapsus freudiano para denominarlo, ya correctamente en cuanto a mi concepción, periodismo bonzo. Tan incendiario como un monje budista inmolándose en 1963 en pleno centro de Saigon para denunciar el régimen tiránico de Vietnam del Sur.

Nunca llegué a estudiar Periodismo en Santiago de Compostela, porque mi nota de corte se quedó a escasas décimas de la requerida para incorporarse a la que, allá por el año 2000, creo que era la carrera con menos plazas ofertadas en relación a su demanda en toda Galicia. Curiosamente, yo sufrí lo contrario que el resto de alumnos, mis guarismos en selectividad eran bastantes mejores que los que me regalaron en BUP y COU aquellos profesores con discursos hegemónicos y recalcitrantes. Temo que debieron de captar mi opinión sobre ellos en algún momento de mi adolescencia. Acabé haciendo lo que nadie quiere hacer: Derecho. Por algo allí no existía nota de corte. Desde la distancia el oficio de periodista me parece denostado hasta el absurdo, excepto esos valiosísimos y escasos medios no sometidos a jerarquizaciones y lobbies de poder. Sin embargo, fui un estúpido por no andar con una libreta o una grabadora por los vericuetos que me llevó la vida hasta el día de hoy, 24 de junio de 2015. Lo que tendría ahí plasmado… Al fin y al cabo, Hunter S. Thompson tampoco estudió la carrera. Aunque yo puedo aseverar que lejos de recomendar una vida de drogas, demencia y violencia… cualquier persona sería mucho más sin ellas. Salvo tú, gonzo.

Me adecuaré a las extensiones necesarias de un blog con su lectura cotidiana y displicente, y esto ha de conllevar que muchas veces cuelgue el texto por entregas.

Seguimos.
JM

miércoles, 8 de abril de 2015

Grand Theft Auto: Vice City

Catorce años atrás yo era un postadolescente cuya vida no difería demasiado de la de cierto tipo de postadolescencia. Uno de los rasgos comunes en esa época tan luminosa y oscura era pasar muchas horas delante de un televisor jugando al Grand Theft Auto entre amigos y otras tantas cosas. La segunda parte en 3D del videojuego de Rockstar nos llevaba a Miami, de la cual no tenía más referencias que el pelo engominado de Don Johnson y unas cuantas lanchas rápidas surcando la bahía de Biscayne, que parecía que albergaba mucho vice. La capital de Florida estaba tan lejos de mi vida y de la de los míos... a pesar de que creyésemos que todo el mundo giraba concéntricamente alrededor de nosotros. Y es que vivir en Vista Alegre otorga algo de ingenuidad que seguro no sufrían los oriundos de Liberty City, Overtown o Little Haiti, escenarios recurrentes en la Play Station. Los gallegos resolvíamos nuestros problemas a nuestra manera y, por mucho bull terrier moteado y pendientes plateados que luciésemos, mi entorno no solía cargar una glock 34 para liquidar al tipo que no paga sus pufos de crack. Si es que ni había crack.



En persona, la Miami con resaca del Ultra me ha parecido una ciudad abrasada por el sol y congelada por el aire acondicionado, dividida hasta el infinito, volátil, caprichosa, y con parajes tan bellos como artificiales. El lugar en el que "todos odian a todos" y puedes elegir entre ser un idiota o un loco; al menos ahí se acaban las opciones en South Beach. No conocía de primera mano una gran metrópoli donde, en apenas una generación, la población venida de otro país, con otra cultura y otra lengua, haya desplazado a la masa anglófila que la ocupaba. Aunque solo en una medida falaz. Los americanos ya no detentan la apariencia del poder y la cuestión no es baladí para una urbe señera de Estados Unidos, pero como bien nos iluminó Foucault, la microfísica de ese poder es casi infinita y la disyuntiva se percibe con pasear tres días por Ocean Drive, el Art District o Brickell. Además, uno tiene la sensación de que el proceso no ha hecho más que empezar: a la ingente masa de cubanos integrados a martillazos desde el Éxodo del Mariel -cuanto daño ha hecho ese gusano que interpretó Al Pacino-, se le suman todos los latinos que no pueden encadenar dos frases en español sin llamarle clams a las almejas. Simple ejemplo.

Ahora, la comunidad afroamericana, con la que tanto empatizaba disfrutando de aquel grandísimo videojuego de Tommy Vercetti, sobrevive en un tercer grupo de exclusión cuando, por tradición, siempre lo hizo en el segundo. Es que, si hablo de América haciendo un ejercicio de desproporcionada generalización... solo teníamos negros y blancos. En Miami no sabría donde colocar a esa comunidad cubana furibunda y republicana que, sin embargo, no tiene silla para la tea party de los anglos. Entretanto, a 92 millas se atisba el levantamiento de un bloqueo genocida para sus antiguos compatriotas, porque creo es imposible que los sigan considerando tales si porfían para que la isla siga obliterada bajo las barras y estrellas. Y soy de los que temo que esta supuesta nueva apertura acabe en la enésima colonización yanqui. Pero no me gusta generalizar, tal vez solo fue mi experiencia, o tal vez no. Consuela que los haitianos de Little Haiti no se hagan pasar por franceses y hablen con orgullo una de las lenguas más rudimentarias del planeta: el criollo. Es más, sospecho que buena parte de sus jóvenes habitantes querrían emular al original gangsta afroamericano. GTA II, nada ha cambiado desde entonces en Liberty City.


Las fotos, como siempre, son propias y desde mi modesto móvil. 

Palabras de una soporífera tarde en Santo Domingo.

domingo, 24 de agosto de 2014

NECESITAMOS A NIETZSCHE: EL ESTADO DEBE MORIR.

Los días de asueto estivales dan para mucho. ¿Que se te viene abajo el plan para tomar esa copita con esa chica? Pues yo me pongo a hablar de nihilismo un sábado a la noche y no me pongo ni colorado. Y que me lea quién quiera o quién pueda. Eso sí, que nadie espere una patente de corso sobre un tema tan complejo, del que hablo sobre las reminiscencias de mis antiguas lecturas, y con una inspiración tan mundana como la que ofrece mi pregunta.

Contemplo horrorizado la dinámica belicosa que se está desarrollando en tantas localizaciones durante los últimos meses. Y no es un patrimonio exclusivo de estados en vías de desarrollo o subdesarrollo. Ahí tenemos a los europeos de facto: ucranianos y rusos matándose entre sí, y llevándose por delante existencias tan ajenas como las que iban en el vuelo de Air Malaysia. Debiéramos entender que cualquier atrocidad que suceda en cualquier latitud terrenal tiene sus consecuencias para todos, SIEMPRE, aunque demasiadas veces no las percibamos. Compartimos especie.

Y por eso, con apariciones tan fulgurantes como la del Estado Islámico, no diferente en exceso del «For God and country» estadounidense, pienso en qué poco hemos escuchado el «Dios ha muerto». Aunque el aforismo fuese acuñado antes por Hegel, recogía el supuesto paso a la modernidad, la derrota de lo apolíneo frente a lo dionisiaco, y no por falta de virtudes del primer atributo, si no por su intangibilidad en un mundo donde la moral de los esclavos se contenta con una recompensa ulterior meramente ficticia. El cristianismo obliteró valores naturales para colocar por encima lo pecaminoso y la culpa, y cuando poco a poco parece que íbamos sacándonos el lastre de esa herencia judeo-cristiana, llegan nuevos cruzados, pero esta vez con turbantes y ak-47. Al otro lado también hay estrellas de seis puntas marcando objetivos civiles en Gaza. El budismo parece demasiado digno e higiénico para compararse a estas creencias. Y, con todo esto, algunos iluminados decían que ya estábamos en el postmodernismo. Mismamente, Tom Wolfe señaló hace una década que con la neurociencia se mataría el alma, y hoy seguimos remitiéndonos a nuestro supuesto lado incorpóreo cuando queremos hacer trascendente un simple comportamiento humano guiado por mecanismos neuronales con sus correspondientes sinapsis.

A finales del siglo XIX, Nietzsche, el Polaco -como le hubiera gustado que le llamasen-, sintetizó varios conceptos dentro de su caótica obra y exposición, que han de cobrar renovada vigencia cuanto antes. Y nada más lejos del torticero uso que le dio el nacionalsocialismo germánico. Una nueva transvaloración de los valores ha de llegar, si en su día se pretendió renegar de la falaz vida tras la muerte para afrontar los acometimientos de lo real, y parece que más de un siglo después el éxito ha sido nulo, debemos volver a alzarnos contra cualquier resquicio de religión que sirva de excusa para acabar con nuestro devenir terrenal. Pero hay mucho más, no sé si Nietzsche leyó a Stirner, seguramente sí por proximidad geográfica y temporal, pero ambos nos recuerdan la necesidad de sublimar el YO cuando el Estado no funciona. Así, las asociaciones de egoístas, como fueron denominadas por el segundo, vendrían a significar bajo mi modestísimo punto de vista el verdadero übersmench acuñado por el primero. Se equivocaron al traducirlo como superhombre, porque según he podido comprobar en alemán estaríamos hablando de sobrehumano, algo inalcanzable para un solo ser. Y como lo humano ha demostrado estar bajo el control de banderas, o símbolos tan estúpidos como una cruz o una media luna, considero que el verdadero superhombre solo puede venir de la mano de la colectividad anarcoindividualista. Así de apasionante: dos conceptos en aparente contradicción que se unen para dar la razón a muchos de los apuntes del viejo Nietzsche. Como él proclamaba: fuera culpas, remordimientos, sentimientos vengativos y demás atribuciones morales serviles... y que esa voluntad de poder, que creyó ver indeleble en nuestra especie,complementando las teorías evolutivas de Darwin, se satisfaga dentro de la creciente autogestión de personas con orgullo intrínseco por considerarse tales. Aceptando su carácter perecedero en eterno retorno. Sin filias ni fobias: sin dioses. Juntos y egoístas. Conquistando espacios cada vez más grandes. Y con la compasión que el nihilista también negaba, de la cual casi no tendríamos que echar mano en este modelo... utópico. Ah, como buen hombre de ciencia, siempre veo la misma objeción que Marx.

Dijeron que «Dios había muerto», erraron. Que muera el Estado y nos llevaremos por delante, por fin, a las divinidades. Antes de que nos maten a nosotros.

JM

viernes, 15 de agosto de 2014

CRÓNICAS DESDE LA RESISTENCIA: CUBA, EL ESTADO FALLIDO Y EL BLOQUEO GENOCIDA

Siempre comienzo los artículos con excusas, este no va a ser la excepción a ninguna regla. Ojalá el blog no hubiera quedado relegado a alguna aportación ocasional como las que suelen describir mis viajes, pero a una complicada etapa personal se le han de sumar nuevos retos profesionales en la abogacía social y, especialmente, la cercana edición de mi primera novela junto a la eventual rúbrica de la publicación de la segunda. En esa esperanza nos movemos últimamente. Porque todavía quedan muchas cosas por las que luchar y resistir. Empezar de nuevo una y mil veces decía hace no tanto y, de una forma u otra, yo estoy en ello.

Precisamente, ese evocador vocablo de "resistencia" ha de servir de necesario prólogo para esta entrada. Y es que pocos estados han representado esa sublimación de negarse a la derrota como Cuba. Un lugar donde los principios no se negociaban después del alzamiento del 59, o sí... desde la crisis del 93 doy por seguro que todo se negocia allí.

La iconografía de Cuba viene indeleblemente de la mano de sus dos figuras revolucionarias: Ernesto Guevara y Fidel Castro. Pretéritos ambos. Y no estoy seguro de que el símbolo universal del irredento idealista estuviese plenamente de acuerdo con lo desarrollado por su antiguo compañero de batallas desde Sierra Maestra, donde la confianza tampoco regía su vínculo. Tras la derrota de Batista y después de renunciar a los cargos y responsabilidades que tenía en Cuba, el Che se fue a librar una guerra en Bolivia que nunca pudo ganar, como bien demuestra el completo diario de su última epopeya, editado mil y una veces en ese intento de exportar la revolución a toda Latinoamerica. Singularmente recomendable su publicación por parte de la Editora Política de La Habana en 2004, no por la imparcialidad desde luego, si no por la gran cantidad de información concurrente que permite, con el necesario distanciamiento, entender la realidad de lo acaecido en octubre de 1966. Cuando murió la persona y nació el mito.


La realidad es que a partir de ahí, y de forma exponencial tras la caída de los soviéticos que sostenían en enorme medida el país, podemos decir que Cuba es un estado fallido. Ese epíteto ha sido cíclicamente atribuido a lugares tan dispares como Liberia, Haití o Bangladesh y, aunque sin parangón con la situación límite de tales latitudes, creo que podemos atribuirle idéntica condición a este rincón del Caribe. El sueño socialista se ha transformado en pesadilla, y la razón principal se encuentra en el imperio que se erige a poco más de noventa millas de sus costas. 



No será afán de estas líneas intentar defender la menos mala de las pésimas aplicaciones de políticas marxistas a nivel estatal -y lo hago sintiendo rubor de que sea por quedar fuera de las purgas y gulags, que seguro que una de las teorías sociales más brillantes de la historia nunca pudo imaginar-, pero pocas opciones quedan para una economía de diez millones de personas con el bloqueo del capitalismo yanqui. No olvidemos que hablamos de una zona donde solo los que se han rendido a las ínfulas colonialistas de las barras y estrellas respiran un cierto bienestar. Desde su imposición en los años 60, el bloqueo genocida ha supuesto 21 condenas de la ONU, y en su última "renovación" solo contó con el apoyo de EEUU, Israel, y unas islas en mitad de Filipinas denominadas Palaos… mucho podría hablar del aliado sionista estos días y poco de ese archipiélago que acabo de conocer, pero qué difícil es ponderar la valía de un determinado modelo político cuando han pasado tantos años sin comercio con los norteamericanos ni sus filiales extranjeras, por no hablar de la


presión intrínseca y sibilina que debe experimentar cualquier importador-exportador de otros estados. Y algo de eso sé de primera mano. Igualmente me repulsa ver una tierra tan bella gobernada por un militar, que aún encima quiere adoptar medidas capitalistas cuando la mayoría de su población cobra unos 20 dólares de salario mensual.




Sin embargo, por encima de toda esa complicada madeja de intereses económicos y ejercicios vindicativos por hechos de hace más de medio siglo, la isla de Cuba es mágica. Se trata de una especie de paraíso terrenal con cimientos destrozados por doquier, nada funciona bien entre los ruinosos edificios de La Habana... ni en Matanzas, ni en Santa Clara, ni en Cárdenas, y me cuentan que en Santiago de Cuba no están mucho mejor; salvo la alegría endémica de sus habitantes y su capacidad de oratoria tan polisémica. Y aquí habría otro apunte que hacer: a una amabilidad desmedida, y muchas veces fingida, se le une la indisoluble desconfianza del interés económico en tu persona. No podía ser de otra forma en un estado donde la mayoría de sus habitantes se levantan cada día para ver cómo pueden arañar unos cucs al turista. Normal y consecuente con su situación, yo sería el primero.










Aunque tampoco éramos los visitantes idóneos para ello.














Este país multicolor conjuga las vetustas arquitecturas coloniales sorteadas por grandes avenidas con suburbios de planta baja y tierra por calzada, la masificación de hoteles y resorts "todo incluido" a la vera de aguas cristalinas con arenales vírgenes despoblados de oriundos ofreciéndote transporte o sexo, o las dos cosas a la vez. Y todo ello lo debes de ver subido en cualquier Plysmouth del 56  o Chevrolet Bel Air del 52, en lo que seguro es una de las señas más bellas y distintivas de la nación, tanto como resultado de la fina ironía: los viejos coches americanos con más de seis décadas a sus espaldas. Como el embargo norteamericano. Conmigo lo tenían muy fácil para enamorarme. En mi experiencia de eviterno viajero me llevo sus viejas pedaleras, una carretera literalmente llena de cangrejos cerca de Cayo Santa María y la luna que mas he visto brillar en mi vida, arrojando una luz sobrenatural a la solitarias arenas de Playa Blanca.





En un último ejercicio de síntesis, también me guardo los contactos de mucha gente. De la que ya no tiene tiempo para alimentar sus ideales porque ha de alimentar su boca, y ahí su drama común se resume en una población preparada con estudios superiores en una proporción admirable para sus circunstancias, pero sin una retribución económica que permita la subsistencia digna sin encontrar réditos "por la izquierda". Ahogados por las propias restricciones del gobierno que se ve incapaz de abordar con laxitud al enemigo yanqui, al imperio que lo libró de otro imperio hace más de dos siglos. Pero, amigos cubanos, todos los imperios caen. Este no será la excepción.

JM


jueves, 8 de agosto de 2013

CRÓNICAS DESDE LA RESISTENCIA : REAL NEW YORK. MANHATTAN (I)

Yo ya había estado en Nueva York muchas veces, incluso podía decir que de alguna forma era un segundo hogar. Andaba por sus calles de la mano de Spike Lee, de Scorsese, de Travis, de Fitzgerald , de Gatsby, de Allan Poe, de Warhol, del Rat Pack, de los Ramones, de Cro-Mags, de Agnostic Front, de la DMS, de The Horrorist, de los Knicks, de los Giants... Infinidad de veces había subido al Empire State, al Chrysler o al Rockfeller Center, crucé el Puente de Brookyln, monté en la noria de Coney Island y volví por Queens hasta la 160th en el South Bronx. Es así. Nueva York forma parte de nuestras vidas y muchos ni habíamos puesto un pie en la ciudad. Mi deuda con ella ha quedado saldada.



En un viaje reiteradamente postergado, un viejo amigo, emigrado a New Jersey como buen gallego, consiguió los días libres para ser un anfitrión decente a mediados de julio. Dejé todo a medio hacer en Barcelona, proyectos personales y profesionales que tenían que esperar si no eran egoístas. Y aunque seguro que lo eran, había dicho que "no podía ser" muchas veces y ya temía la máxima del Sr. Fitgerald: "american lives don´t have second chances".


El 19 de julio aterricé en JFK después de un viaje infernal con American Airlines, compañía  desaconsejada para vuelos transoceánicos y que está muy lejos de ser premium en el Holdem aéreo. El enfrentamiento con todo el despliegue policial de ingreso en los States resultó de lo más decepcionante. Ninguna pregunta incisiva, un trato correctísimo, ausencia total de registro... en definitiva, un control tan displicente o riguroso como en cualquier otro sitio. No quedó nada de su leyenda negra.
A la salida de la T8 fui bienvenido por 40 grados celsius y un tipo escuálido, que hacia años que no veía, subido en un Jetta. Mi alfombra roja era el pavimento humeante.


Pasé las primeras noches en el barrio de Chelsea, en Manhattan. Bien situado y sin especiales pretensiones, me sirvió de referencia para ver el Nueva York más conocido y, tal vez, repudiado. Recorrí todo el skyline que lleva impertérrito -salvo célebres excepciones- desde casi hace un siglo, Empire State, Rockfeller Center, Flatiron... ofrecen la perfecta dimensión de lo que allí acaeció en los albores del siglo XX, y al respecto tengo que explicar algunas de las sensaciones que me traje de vuelta en la maleta: la ciudad, a ritmo de pulsiones migratorias, se convirtió en la capital del mundo y acogió a poblaciones de todo el globo con base en promesas de prosperidad menguantes en la Vieja Europa. Lo que sucedió en aquellos años ha llegado a través de muchas formas y vínculos a nuestros días, pero es absolutamente necesario pasear por las calles de Manhattan y atender a cada rincón para entender nuestro más inmediato referente histórico y cultural. Porque la realidad es esa. Nuestra -insisto en la primera persona del posesivo-  influencia vital viene inexorablemente marcada por una creciente americanización del planeta tras dos guerras mundiales de las que salieron, podemos decir, casi impolutos. Y a su vez, tal tendencia tiene su antecedente en la forja de esta ciudad, la que nos recuerda que un 36% de sus habitantes son de estados-naciones extranjeros y la que conforma un crisol de culturas aparentemente orgulloso tras el gentilicio de "new yorkers". 

Optando por una posición aséptica, resulta fácil identificarse con este trozo de Estados Unidos: población heterogénea, ciudad que nunca duerme, cuna del jazz, del hip hop, del punk, del hardcore, del expresionismo abstracto y un larguísimo etcétera, conjugado con nuevos valores enfrentados con el sector republicano del país como el matrimonio para los homosexuales, control exhaustivo de la posesión de las armas. Es que hasta la investidura del tal Obama en Times Square nos causo una cierta expectación naif. Sin embargo, rascas y sale la mugre. Su presidente sigue siendo un títere que no ha logrado cerrar la mayor vergüenza de la historia de Occidente tras la la locura nazi, Guantánamo claro, y Nueva York no escapa a los clichés yanquis que tanta esquizofrenia y prejuicio provocan. En una sociedad exponencialmente competitiva y con una nimia inversión social, tildada de siempre como comunista y antiamericana, puedes captar rápidamente la polarización de sus ciudadanos. Todos bajo las barras y estrellas. Su capital también padece de la falta de cobertura médica, de Monsanto, de la cultura del "attorney", del "high school" y de un Dios cuya relativización identitaria ha facilitado una especie de secularismo religioso que atiende a razones divinas para mesurar las miserias humanas. De ahí que sean una sociedad tan profundamente desmesurada. Si en los soportales del Madison Square se amontonan “homeless” bajo harapos, mientras en su interior Carmelo Anthony machaca un aro a razón de 25 millones de euros anuales, tenemos que seguir sintiendo vergüenza. Y ese mal endémico ya hace mucho que ha sido extrapolado a nuestro ámbito doméstico. Nadie puede señalar con el dedo.

De todo este ex curso relatado lo más representativo es Times Square. El estandarte de lo que Reagan llamaba equivocadamente "Evil Empire". Más que de una plaza, se trata de una confluencia de calles y avenidas en una vorágine de neones y estrés consumista, alternándose los establecimientos comerciales con los musicales adyacentes de Broadway, probablemente en la misma consonancia mercantil. Entre el jet lag, la citada ola de calor y las mareas humanas que se capilarizaban por todas partes, solo anhelaba salir de allí.


Y qué mejor lugar de recogimiento que los pies del Empire State. Brutal, aunque me siga quedando de largo con el art decó del Chrysler.


Las jornadas venideras transcurrieron en el eje del Lower Manhattan y sus contrastes. De Chinatown a Little Italy en un paso, o más bien, a la calle que queda de ella, y de allí al Soho, barrio pujante de la escena neoyorkina que no acabó de transmitirme buenas sensaciones. En contraposición, Greenwich Village parecía ser un Soho desprovisto de snobismo. En todo caso, mi ponderación es absolutamente neófita y desde la posición del mero transeúnte que echa un vistazo en los escaparates. Mira pero no compra.


Harlem, en cambio, me suponía adentrarme en esa Nueva York tantas veces idealizada. Con sus correspondientes connotaciones objetivas y subjetivas. Y las de el barrio del jazz vienen marcadas de nuevo por el cine. La realidad es que el área atraviesa por un proceso de gentrificación que ha establecido el acento latino en las partes situadas más al suroeste. El, ahora llamado, "Spanish Harlem" es un amalgama de pequeños bulevares con bares, terrazas y un ambiente sin aspiraciones. Al otro lado, cuanto más te acercas a la 148th, todavía puedes adverar el ingente porcentaje de población afroamericana. Personalmente, cogí la línea 1 desde la 28th hasta llegar a Harlem Street y de ahí fui bajando hasta la 110th. 

Era inevitable ir mirando a todos lados cuando cruzabas los semáforos rodeado de gente negra, en bicicleta, con bandanas o cualquiera de los estereotipos estúpidos que haya sido capaz de imbuirte Hollywood. Porque no tuve el más mínimo problema mientras dejaba atrás lugares tan emblemáticos como el Teatro Apollo a través de la Malcom X Street. Donde no hace tanto se tocaba jazz exclusivamente para blancos. Afortunadamente, ahora podía ser yo el invitado puntual en espectáculos para negros.












Próximamente, Distrito Financiero y Brooklyn.

JM

viernes, 20 de mayo de 2011

¿REVOLUCIÓN?

Veo estos días con ciertas expectativas el movimiento que han bautizado como "DEMOCRACIA REAL YA!! (así en mayúsculas). Interesante, y de momento seguida, iniciativa que aporta un grito de protesta sin un sustrato ideológico definido, característica que, precisamente bajo mi opinión, es la que la dota de un valor incontestable.

Por lo que he podido comprobar, se trata de un movimiento horizontal que ha enarbolado como bandera el descontento con la clase política y como primera propuesta la reforma del sistema electoral. Hasta aquí plausible desde luego, pero yo creo que una vez encendida la mecha hay que mirar a cotas más altas; me bastó el paseo que me dí ayer en la concentración de Barcelona, para ver unos cuantos lemas interesantes que apelan a un plano superior que la mera división equitativa de escaños y la necesaria limpieza de nuestra casta política.

Si aquí estamos hablando de una eventual revolución, de una regeneración del sistema, esta ha de empezar por nuestras propias convicciones interiores; la deriva económica a la que nos ha llevado el capitalismo más déspota, sostenido por un sistema financiero absolutamente dominado y concentrado por unos pocos ( a los que encima tenemos que rescatar) es solo la consecuencia inexorable de basar la meta vital en el éxito material y no humano.

Hay muchas ataduras de las que nos tenemos que librar, condenas a perpetuidad en forma de hipotecas o trabajos precarios que sentencian a llevar una vida gris; somos una juventud obligada a involucrarse en un mercado laboral desmotivante para precisamente poder continuar manteniendo esas condenas, tenemos que darnos cuenta!! Si seguimos pensando como los eternos aspirantes a casa con jardín y coche, volveremos a mostrarnos como el sustrato indispensable para mantener este capitalismo atroz, del que de repente parece que hemos visto su irracionalidad.

Creo que casi 40 años después, podemos rescatar este fragmento de Network; Howard Beale lo decía muy claro "first you got to get mad". Destruir para construir




miércoles, 16 de febrero de 2011

DROGAS: POLÍTICA CRIMINAL EN ESPAÑA (II)

ANTECEDENTES HISTÓRICOS


Separaremos los antecedentes históricos en la política criminal española -y mundial- en dos etapas. La primera de ellas caracterizada por una falta de regulación penal de casi todas las nuevas “drogas” o al menos de la falta de homogeneización en los criterios de regulación, predominando un permisivismo general y una regulación dirigida, más que a la población en general, a los nuevos profesionales en materia de drogas -boticarios, farmacéuticos y médicos-.

La segunda etapa en cambio, se caracteriza por un prohibicionismo incipiente que se expande por todo el mundo a través sobre todo, de la firma y adhesión a los tratados internacionales.

Primera Etapa

Para no remontarnos a épocas demasiado lejanas, empezamos a contextualizar las primeras políticas criminales en materia de droga, en el momento histórico en el que empezaban a comercializarse de forma muy extensa por todo el mundo y concretamente en Europa.

Cuando comenzó a existir cierta polémica entorno al uso de algunas drogas -como el tabaco y el opio-, generalmente de importación y por tanto de uso desconocido hasta ahora en el continente, ya en 1611, España se convierte en el primer país que cobra impuestos sobre el tabaco mientras que en el resto de Europa, la mayoría de los países mantienen fuertes polémicas sobre su uso.

Desde finales del siglo XVII, el láudano y “l'eau heroïque” -ambos mezclas refrigerantes con cierto contenido en opio-, se difunden legalmente por España, llegando a quedar existencias de láudano en Oficinas de Farmacia hasta 1977. Entrado el siglo XVIII y con la Ilustración, el hombre pretende vencer a las costumbres a través de la razón, y las políticas con respecto a las drogas también se ven influenciadas por esta nueva forma de pensar. Éstas ya no se vinculan a la magia, a satanás o a ritos paganos como hasta entonces, sino que gracias a los avances de la farmacología -que acababa de nacer como disciplina- y más concretamente a la capacidad de extraer de cada planta su principio activo, éstas se ven como una poderosa arma que puede doblegar los estados anímicos del hombre a su voluntad, en vez de ser esclavos de éstos.






Los ilustrados de la época se plantean entonces ciertas preguntas. Puesto que los alcaloides afectaban de modo tan extraordinar io y en tan mínimas dosis ¿no serían los seres vivos un equilibrio de alcaloides en sí mismos? El proceso llamado intoxi cación ¿era algo di st into de ent rar en contacto el organi smo, por vía externa, con sustancias internas permanentes y esenciales para su funcionamiento? C o n f i rma d a s ó l o r e c i e n t eme n t e , esta sospecha se remonta a los comienzos de la neurofarmacología racional , sugi r iendo expectat i vas de control anímico
(Escohotado 1989).

Esta forma de pensar tuvo una gran influencia incluso para la filosofía, que entendía que gracias a estas sustancias, se podían indagar en diferentes conciencias de una misma persona.
Todas estos cambios tan profundos en la mentalidad occidental dieron como resultado una política criminal totalmente permisiva en materia de drogas que se fue expandiendo -no sin controversias ni polémica- a otros lugares del mundo, y España no sería una excepción. Muy ilustres personajes históricos y artistas conocidos mundialmente, como Goya, eran grandes consumidores de láudano, pudiendo llegar a tomar dosis tan altas que serían mortales para cualquier ser humano que no haya desarrollado cierta tolerancia.






El abuso de ciertas sustancias, no tenía entonces asociada ninguna etiqueta de toxicómano -como la tiene hoy sin duda-, salvo para los casos de alcoholismo crónico.
Quizás porque el consumo de muchas de estas “nuevas” drogas estaba más extendido entre las clases pudientes, y eran absolutamente ajenas a las clases más bajas.

En el primer código penal español de 1822, en cuanto a salud pública se refiere, se castigan los actos de venta o difusión de sustancias nocivas o productos químicos que puedan causar grandes estragos. No se habla de drogas en ningún momento, sino que se trata de una sanción a la venta de productos como arsénico u óxido blanco, que no se destinen a fines propios de esos productos -como la industria o la experimentación-, sino que se difundan para otros fines sin el conocimiento y consentimiento de las autoridades competentes. Pese a los avances en el campo de la farmacología, que ya entonces habían descubierto gran cantidad de alcaloides, no existe aún, ningún tipo de regulación penal sobre estas nuevas drogas.


Fue a raíz de la guerra civil americana (1861-1865) y de las guerras franco-prusianas en Europa (1870), que empezaron a surgir críticas a la administración intravenosa de morfina, debido a los múltiples casos de adicción que se registraron una vez finalizadas las guerras. Sin embargo, la postura moral frente al fármaco se mantuvo neutra, cargando la culpa -de sus efectos negativos- a los adictos, por su debilidad moral al abandonarse a estas sustancias o a los médicos y autoridades que las dispensaban tan alegremente.

En 1883, Bayer hace un descubrimiento importantísimo, que tendrá un gran protagonismo en muchas partes del mundo casi un siglo más tarde y sin el cual no se puede entender la política criminal de hoy en día en materia de drogas por ejemplo en España. Se trata de la diacetilmorfina, un producto derivado de la acetilización de la morfina base, que se pretende usar como remedio para la tos y la disnea en asmáticos y tuberculosos, con grandes resultados. En 1898, sale a la venta en todas las boticas con el nombre de heroína. En el prospecto aparece: “es un preparado seguro, libre de propiedades formativas de hábito.” (Estohocado, 1989) Evidentemente se equivocaron.



Durante todo el siglo XIX, comerciar con drogas en España se hace de forma libre y tan solo encontramos en 1860 un Real Decreto para regularizar la profesión farmacéutica, el comercio de “drogas” y plantas medicinales. Diez años más tarde, con la entrada en vigor del Código Penal de 1870, se castiga la venta de “medicamentos” por personal no farmacéutico con la “represión pública o privada” y arresto de 1 a 15 días en casos graves. Un código penal que no será modificado hasta 1928.