miércoles, 27 de mayo de 2015

DERECHO DE RESISTENCIA EN LA RADIO

Cómo ya es vox populi entre los seguidores del blog -que, ciertamente, estaban descuidados y faltos de entradas regulares-, tenemos un nuevo programa radiofónico que lleva el espíritu de estas letras a las radios libres. Desde hace un par de semanas, Derecho de Resistencia es una realidad que viene sedimentada en el mismo afán que hace años motivó la apertura de este pretencioso espacio para escribir. Junto con mi compañero JOTA, estoy desarrollando una miscelánea bastante esquizofrénica que conjuga la denuncia social, análisis paranoico-crítico de lo que nos viene en gana, la música fuera del mainstream, herramientas legales para la ciudadanía, y humor... bastante humor. En este devenir vital el periodismo bonzo -acuñado así por un error de una oyente- será una de los ejes sobre los que gravite nuestra empresa, y por ello ya nos hemos puesto a investigar y a ser propios sujetos activos y pasivos de... noticias. ¿Dónde nos llevará la iniciativa? No sabemos si a la Audiencia Nacional en Araña IV, pero creemos que es solo la primera piedra de un proyecto comunicativo importante. Superamos un blog y acabaremos superando un programa radiofónico. Estoy seguro. Todos los miércoles de 16:00 horas a 18:00 horas en 104.5 FM y en el emisor online de Radio Bronka, cada dos jueves de 22:00 horas a 00:00 horas pasarán una repetición por los mismos canales.

JM
 

Y ahora los links:

Primer programa: https://archive.org/details/derechoderesistencia6demayode2015
Segundo programa: http://podcast.radiobronka.info/?p=7522

Página de Facebook: https://www.facebook.com/pages/Derecho-de-Resistencia/142957575729389?ref=hl

Twitter:https://twitter.com/Resistencia1045

miércoles, 8 de abril de 2015

Grand Theft Auto: Vice City

Catorce años atrás yo era un postadolescente cuya vida no difería demasiado de la de cierto tipo de postadolescencia. Uno de los rasgos comunes en esa época tan luminosa y oscura era pasar muchas horas delante de un televisor jugando al Grand Theft Auto entre amigos y otras tantas cosas. La segunda parte en 3D del videojuego de Rockstar nos llevaba a Miami, de la cual no tenía más referencias que el pelo engominado de Don Johnson y unas cuantas lanchas rápidas surcando la bahía de Biscayne, que parecía que albergaba mucho vice. La capital de Florida estaba tan lejos de mi vida y de la de los míos... a pesar de que creyésemos que todo el mundo giraba concéntricamente alrededor de nosotros. Y es que vivir en Vista Alegre otorga algo de ingenuidad que seguro no sufrían los oriundos de Liberty City, Overtown o Little Haiti, escenarios recurrentes en la Play Station. Los gallegos resolvíamos nuestros problemas a nuestra manera y, por mucho bull terrier moteado y pendientes plateados que luciésemos, mi entorno no solía cargar una glock 34 para liquidar al tipo que no paga sus pufos de crack. Si es que ni había crack.



En persona, la Miami con resaca del Ultra me ha parecido una ciudad abrasada por el sol y congelada por el aire acondicionado, dividida hasta el infinito, volátil, caprichosa, y con parajes tan bellos como artificiales. El lugar en el que "todos odian a todos" y puedes elegir entre ser un idiota o un loco; al menos ahí se acaban las opciones en South Beach. No conocía de primera mano una gran metrópoli donde, en apenas una generación, la población venida de otro país, con otra cultura y otra lengua, haya desplazado a la masa anglófila que la ocupaba. Aunque solo en una medida falaz. Los americanos ya no detentan la apariencia del poder y la cuestión no es baladí para una urbe señera de Estados Unidos, pero como bien nos iluminó Foucault, la microfísica de ese poder es casi infinita y la disyuntiva se percibe con pasear tres días por Ocean Drive, el Art District o Brickell. Además, uno tiene la sensación de que el proceso no ha hecho más que empezar: a la ingente masa de cubanos integrados a martillazos desde el Éxodo del Mariel -cuanto daño ha hecho ese gusano que interpretó Al Pacino-, se le suman todos los latinos que no pueden encadenar dos frases en español sin llamarle clams a las almejas. Simple ejemplo.

Ahora, la comunidad afroamericana, con la que tanto empatizaba disfrutando de aquel grandísimo videojuego de Tommy Vercetti, sobrevive en un tercer grupo de exclusión cuando, por tradición, siempre lo hizo en el segundo. Es que, si hablo de América haciendo un ejercicio de desproporcionada generalización... solo teníamos negros y blancos. En Miami no sabría donde colocar a esa comunidad cubana furibunda y republicana que, sin embargo, no tiene silla para la tea party de los anglos. Entretanto, a 92 millas se atisba el levantamiento de un bloqueo genocida para sus antiguos compatriotas, porque creo es imposible que los sigan considerando tales si porfían para que la isla siga obliterada bajo las barras y estrellas. Y soy de los que temo que esta supuesta nueva apertura acabe en la enésima colonización yanqui. Pero no me gusta generalizar, tal vez solo fue mi experiencia, o tal vez no. Consuela que los haitianos de Little Haiti no se hagan pasar por franceses y hablen con orgullo una de las lenguas más rudimentarias del planeta: el criollo. Es más, sospecho que buena parte de sus jóvenes habitantes querrían emular al original gangsta afroamericano. GTA II, nada ha cambiado desde entonces en Liberty City.


Las fotos, como siempre, son propias y desde mi modesto móvil. 

Palabras de una soporífera tarde en Santo Domingo.

domingo, 24 de agosto de 2014

NECESITAMOS A NIETZSCHE: EL ESTADO DEBE MORIR.

Los días de asueto estivales dan para mucho. ¿Que se te viene abajo el plan para tomar esa copita con esa chica? Pues yo me pongo a hablar de nihilismo un sábado a la noche y no me pongo ni colorado. Y que me lea quién quiera o quién pueda. Eso sí, que nadie espere una patente de corso sobre un tema tan complejo, del que hablo sobre las reminiscencias de mis antiguas lecturas, y con una inspiración tan mundana como la que ofrece mi pregunta.

Contemplo horrorizado la dinámica belicosa que se está desarrollando en tantas localizaciones durante los últimos meses. Y no es un patrimonio exclusivo de estados en vías de desarrollo o subdesarrollo. Ahí tenemos a los europeos de facto: ucranianos y rusos matándose entre sí, y llevándose por delante existencias tan ajenas como las que iban en el vuelo de Air Malaysia. Debiéramos entender que cualquier atrocidad que suceda en cualquier latitud terrenal tiene sus consecuencias para todos, SIEMPRE, aunque demasiadas veces no las percibamos. Compartimos especie.

Y por eso, con apariciones tan fulgurantes como la del Estado Islámico, no diferente en exceso del «For God and country» estadounidense, pienso en qué poco hemos escuchado el «Dios ha muerto». Aunque el aforismo fuese acuñado antes por Hegel, recogía el supuesto paso a la modernidad, la derrota de lo apolíneo frente a lo dionisiaco, y no por falta de virtudes del primer atributo, si no por su intangibilidad en un mundo donde la moral de los esclavos se contenta con una recompensa ulterior meramente ficticia. El cristianismo obliteró valores naturales para colocar por encima lo pecaminoso y la culpa, y cuando poco a poco parece que íbamos sacándonos el lastre de esa herencia judeo-cristiana, llegan nuevos cruzados, pero esta vez con turbantes y ak-47. Al otro lado también hay estrellas de seis puntas marcando objetivos civiles en Gaza. El budismo parece demasiado digno e higiénico para compararse a estas creencias. Y, con todo esto, algunos iluminados decían que ya estábamos en el postmodernismo. Mismamente, Tom Wolfe señaló hace una década que con la neurociencia se mataría el alma, y hoy seguimos remitiéndonos a nuestro supuesto lado incorpóreo cuando queremos hacer trascendente un simple comportamiento humano guiado por mecanismos neuronales con sus correspondientes sinapsis.

A finales del siglo XIX, Nietzsche, el Polaco -como le hubiera gustado que le llamasen-, sintetizó varios conceptos dentro de su caótica obra y exposición, que han de cobrar renovada vigencia cuanto antes. Y nada más lejos del torticero uso que le dio el nacionalsocialismo germánico. Una nueva transvaloración de los valores ha de llegar, si en su día se pretendió renegar de la falaz vida tras la muerte para afrontar los acometimientos de lo real, y parece que más de un siglo después el éxito ha sido nulo, debemos volver a alzarnos contra cualquier resquicio de religión que sirva de excusa para acabar con nuestro devenir terrenal. Pero hay mucho más, no sé si Nietzsche leyó a Stirner, seguramente sí por proximidad geográfica y temporal, pero ambos nos recuerdan la necesidad de sublimar el YO cuando el Estado no funciona. Así, las asociaciones de egoístas, como fueron denominadas por el segundo, vendrían a significar bajo mi modestísimo punto de vista el verdadero übersmench acuñado por el primero. Se equivocaron al traducirlo como superhombre, porque según he podido comprobar en alemán estaríamos hablando de sobrehumano, algo inalcanzable para un solo ser. Y como lo humano ha demostrado estar bajo el control de banderas, o símbolos tan estúpidos como una cruz o una media luna, considero que el verdadero superhombre solo puede venir de la mano de la colectividad anarcoindividualista. Así de apasionante: dos conceptos en aparente contradicción que se unen para dar la razón a muchos de los apuntes del viejo Nietzsche. Como él proclamaba: fuera culpas, remordimientos, sentimientos vengativos y demás atribuciones morales serviles... y que esa voluntad de poder, que creyó ver indeleble en nuestra especie,complementando las teorías evolutivas de Darwin, se satisfaga dentro de la creciente autogestión de personas con orgullo intrínseco por considerarse tales. Aceptando su carácter perecedero en eterno retorno. Sin filias ni fobias: sin dioses. Juntos y egoístas. Conquistando espacios cada vez más grandes. Y con la compasión que el nihilista también negaba, de la cual casi no tendríamos que echar mano en este modelo... utópico. Ah, como buen hombre de ciencia, siempre veo la misma objeción que Marx.

Dijeron que «Dios había muerto», erraron. Que muera el Estado y nos llevaremos por delante, por fin, a las divinidades. Antes de que nos maten a nosotros.

JM

viernes, 15 de agosto de 2014

CRÓNICAS DESDE LA RESISTENCIA: CUBA, EL ESTADO FALLIDO Y EL BLOQUEO GENOCIDA

Siempre comienzo los artículos con excusas, este no va a ser la excepción a ninguna regla. Ojalá el blog no hubiera quedado relegado a alguna aportación ocasional como las que suelen describir mis viajes, pero a una complicada etapa personal se le han de sumar nuevos retos profesionales en la abogacía social y, especialmente, la cercana edición de mi primera novela junto a la eventual rúbrica de la publicación de la segunda. En esa esperanza nos movemos últimamente. Porque todavía quedan muchas cosas por las que luchar y resistir. Empezar de nuevo una y mil veces decía hace no tanto y, de una forma u otra, yo estoy en ello.

Precisamente, ese evocador vocablo de "resistencia" ha de servir de necesario prólogo para esta entrada. Y es que pocos estados han representado esa sublimación de negarse a la derrota como Cuba. Un lugar donde los principios no se negociaban después del alzamiento del 59, o sí... desde la crisis del 93 doy por seguro que todo se negocia allí.

La iconografía de Cuba viene indeleblemente de la mano de sus dos figuras revolucionarias: Ernesto Guevara y Fidel Castro. Pretéritos ambos. Y no estoy seguro de que el símbolo universal del irredento idealista estuviese plenamente de acuerdo con lo desarrollado por su antiguo compañero de batallas desde Sierra Maestra, donde la confianza tampoco regía su vínculo. Tras la derrota de Batista y después de renunciar a los cargos y responsabilidades que tenía en Cuba, el Che se fue a librar una guerra en Bolivia que nunca pudo ganar, como bien demuestra el completo diario de su última epopeya, editado mil y una veces en ese intento de exportar la revolución a toda Latinoamerica. Singularmente recomendable su publicación por parte de la Editora Política de La Habana en 2004, no por la imparcialidad desde luego, si no por la gran cantidad de información concurrente que permite, con el necesario distanciamiento, entender la realidad de lo acaecido en octubre de 1966. Cuando murió la persona y nació el mito.


La realidad es que a partir de ahí, y de forma exponencial tras la caída de los soviéticos que sostenían en enorme medida el país, podemos decir que Cuba es un estado fallido. Ese epíteto ha sido cíclicamente atribuido a lugares tan dispares como Liberia, Haití o Bangladesh y, aunque sin parangón con la situación límite de tales latitudes, creo que podemos atribuirle idéntica condición a este rincón del Caribe. El sueño socialista se ha transformado en pesadilla, y la razón principal se encuentra en el imperio que se erige a poco más de noventa millas de sus costas. 



No será afán de estas líneas intentar defender la menos mala de las pésimas aplicaciones de políticas marxistas a nivel estatal -y lo hago sintiendo rubor de que sea por quedar fuera de las purgas y gulags, que seguro que una de las teorías sociales más brillantes de la historia nunca pudo imaginar-, pero pocas opciones quedan para una economía de diez millones de personas con el bloqueo del capitalismo yanqui. No olvidemos que hablamos de una zona donde solo los que se han rendido a las ínfulas colonialistas de las barras y estrellas respiran un cierto bienestar. Desde su imposición en los años 60, el bloqueo genocida ha supuesto 21 condenas de la ONU, y en su última "renovación" solo contó con el apoyo de EEUU, Israel, y unas islas en mitad de Filipinas denominadas Palaos… mucho podría hablar del aliado sionista estos días y poco de ese archipiélago que acabo de conocer, pero qué difícil es ponderar la valía de un determinado modelo político cuando han pasado tantos años sin comercio con los norteamericanos ni sus filiales extranjeras, por no hablar de la


presión intrínseca y sibilina que debe experimentar cualquier importador-exportador de otros estados. Y algo de eso sé de primera mano. Igualmente me repulsa ver una tierra tan bella gobernada por un militar, que aún encima quiere adoptar medidas capitalistas cuando la mayoría de su población cobra unos 20 dólares de salario mensual.




Sin embargo, por encima de toda esa complicada madeja de intereses económicos y ejercicios vindicativos por hechos de hace más de medio siglo, la isla de Cuba es mágica. Se trata de una especie de paraíso terrenal con cimientos destrozados por doquier, nada funciona bien entre los ruinosos edificios de La Habana... ni en Matanzas, ni en Santa Clara, ni en Cárdenas, y me cuentan que en Santiago de Cuba no están mucho mejor; salvo la alegría endémica de sus habitantes y su capacidad de oratoria tan polisémica. Y aquí habría otro apunte que hacer: a una amabilidad desmedida, y muchas veces fingida, se le une la indisoluble desconfianza del interés económico en tu persona. No podía ser de otra forma en un estado donde la mayoría de sus habitantes se levantan cada día para ver cómo pueden arañar unos cucs al turista. Normal y consecuente con su situación, yo sería el primero.










Aunque tampoco éramos los visitantes idóneos para ello.














Este país multicolor conjuga las vetustas arquitecturas coloniales sorteadas por grandes avenidas con suburbios de planta baja y tierra por calzada, la masificación de hoteles y resorts "todo incluido" a la vera de aguas cristalinas con arenales vírgenes despoblados de oriundos ofreciéndote transporte o sexo, o las dos cosas a la vez. Y todo ello lo debes de ver subido en cualquier Plysmouth del 56  o Chevrolet Bel Air del 52, en lo que seguro es una de las señas más bellas y distintivas de la nación, tanto como resultado de la fina ironía: los viejos coches americanos con más de seis décadas a sus espaldas. Como el embargo norteamericano. Conmigo lo tenían muy fácil para enamorarme. En mi experiencia de eviterno viajero me llevo sus viejas pedaleras, una carretera literalmente llena de cangrejos cerca de Cayo Santa María y la luna que mas he visto brillar en mi vida, arrojando una luz sobrenatural a la solitarias arenas de Playa Blanca.





En un último ejercicio de síntesis, también me guardo los contactos de mucha gente. De la que ya no tiene tiempo para alimentar sus ideales porque ha de alimentar su boca, y ahí su drama común se resume en una población preparada con estudios superiores en una proporción admirable para sus circunstancias, pero sin una retribución económica que permita la subsistencia digna sin encontrar réditos "por la izquierda". Ahogados por las propias restricciones del gobierno que se ve incapaz de abordar con laxitud al enemigo yanqui, al imperio que lo libró de otro imperio hace más de dos siglos. Pero, amigos cubanos, todos los imperios caen. Este no será la excepción.

JM


domingo, 22 de junio de 2014

START: EMPEZAR UNA Y MIL VECES.

¿Qué tienen algunos seres humanos que les permite levantarse una y mil veces después de cada golpe de la vida? ¿Cómo pueden asumir en semejante estado de ataraxia las perdidas de los seres queridos, las traiciones, la mala suerte endémica, el quebranto sistemático de su salud, y toda esa maquinaria que cercena los sueños por no disponer de suficientes numeritos en el banco? Mientras el resto nos compadecemos de nuestro desafortunado sino, de la gente mala con cara de buena y de los buenos con cara de malos; porque esos se han ido para no volver.

Entendí que yo también estaba lejos de quién debiera ser, de aquel que jamás lamentó perder. Un buen día le tuve que pedir consejo: "¿cómo puedo parecerme a ti?, ¿al hombre que no veo en el espejo?"

El que siempre estará a nuestro lado me dejó una única frase: "Ama todo lo que no te hará amado".

Así que si un día os encontráis con uno de estos seres tan extraordinarios, con los últimos violinistas del Titanic, uníos a su banda y tocad junto a ellos. Tal vez en el futuro lleguéis a convertiros en otro  héroe sin honores. Y todo tendrá finalmente un sinsentido.

START

JM

jueves, 8 de agosto de 2013

CRÓNICAS DESDE LA RESISTENCIA : REAL NEW YORK. MANHATTAN (I)

Yo ya había estado en Nueva York muchas veces, incluso podía decir que de alguna forma era un segundo hogar. Andaba por sus calles de la mano de Spike Lee, de Scorsese, de Travis, de Fitzgerald , de Gatsby, de Allan Poe, de Warhol, del Rat Pack, de los Ramones, de Cro-Mags, de Agnostic Front, de la DMS, de The Horrorist, de los Knicks, de los Giants... Infinidad de veces había subido al Empire State, al Chrysler o al Rockfeller Center, crucé el Puente de Brookyln, monté en la noria de Coney Island y volví por Queens hasta la 160th en el South Bronx. Es así. Nueva York forma parte de nuestras vidas y muchos ni habíamos puesto un pie en la ciudad. Mi deuda con ella ha quedado saldada.



En un viaje reiteradamente postergado, un viejo amigo, emigrado a New Jersey como buen gallego, consiguió los días libres para ser un anfitrión decente a mediados de julio. Dejé todo a medio hacer en Barcelona, proyectos personales y profesionales que tenían que esperar si no eran egoístas. Y aunque seguro que lo eran, había dicho que "no podía ser" muchas veces y ya temía la máxima del Sr. Fitgerald: "american lives don´t have second chances".


El 19 de julio aterricé en JFK después de un viaje infernal con American Airlines, compañía  desaconsejada para vuelos transoceánicos y que está muy lejos de ser premium en el Holdem aéreo. El enfrentamiento con todo el despliegue policial de ingreso en los States resultó de lo más decepcionante. Ninguna pregunta incisiva, un trato correctísimo, ausencia total de registro... en definitiva, un control tan displicente o riguroso como en cualquier otro sitio. No quedó nada de su leyenda negra.
A la salida de la T8 fui bienvenido por 40 grados celsius y un tipo escuálido, que hacia años que no veía, subido en un Jetta. Mi alfombra roja era el pavimento humeante.


Pasé las primeras noches en el barrio de Chelsea, en Manhattan. Bien situado y sin especiales pretensiones, me sirvió de referencia para ver el Nueva York más conocido y, tal vez, repudiado. Recorrí todo el skyline que lleva impertérrito -salvo célebres excepciones- desde casi hace un siglo, Empire State, Rockfeller Center, Flatiron... ofrecen la perfecta dimensión de lo que allí acaeció en los albores del siglo XX, y al respecto tengo que explicar algunas de las sensaciones que me traje de vuelta en la maleta: la ciudad, a ritmo de pulsiones migratorias, se convirtió en la capital del mundo y acogió a poblaciones de todo el globo con base en promesas de prosperidad menguantes en la Vieja Europa. Lo que sucedió en aquellos años ha llegado a través de muchas formas y vínculos a nuestros días, pero es absolutamente necesario pasear por las calles de Manhattan y atender a cada rincón para entender nuestro más inmediato referente histórico y cultural. Porque la realidad es esa. Nuestra -insisto en la primera persona del posesivo-  influencia vital viene inexorablemente marcada por una creciente americanización del planeta tras dos guerras mundiales de las que salieron, podemos decir, casi impolutos. Y a su vez, tal tendencia tiene su antecedente en la forja de esta ciudad, la que nos recuerda que un 36% de sus habitantes son de estados-naciones extranjeros y la que conforma un crisol de culturas aparentemente orgulloso tras el gentilicio de "new yorkers". 

Optando por una posición aséptica, resulta fácil identificarse con este trozo de Estados Unidos: población heterogénea, ciudad que nunca duerme, cuna del jazz, del hip hop, del punk, del hardcore, del expresionismo abstracto y un larguísimo etcétera, conjugado con nuevos valores enfrentados con el sector republicano del país como el matrimonio para los homosexuales, control exhaustivo de la posesión de las armas. Es que hasta la investidura del tal Obama en Times Square nos causo una cierta expectación naif. Sin embargo, rascas y sale la mugre. Su presidente sigue siendo un títere que no ha logrado cerrar la mayor vergüenza de la historia de Occidente tras la la locura nazi, Guantánamo claro, y Nueva York no escapa a los clichés yanquis que tanta esquizofrenia y prejuicio provocan. En una sociedad exponencialmente competitiva y con una nimia inversión social, tildada de siempre como comunista y antiamericana, puedes captar rápidamente la polarización de sus ciudadanos. Todos bajo las barras y estrellas. Su capital también padece de la falta de cobertura médica, de Monsanto, de la cultura del "attorney", del "high school" y de un Dios cuya relativización identitaria ha facilitado una especie de secularismo religioso que atiende a razones divinas para mesurar las miserias humanas. De ahí que sean una sociedad tan profundamente desmesurada. Si en los soportales del Madison Square se amontonan “homeless” bajo harapos, mientras en su interior Carmelo Anthony machaca un aro a razón de 25 millones de euros anuales, tenemos que seguir sintiendo vergüenza. Y ese mal endémico ya hace mucho que ha sido extrapolado a nuestro ámbito doméstico. Nadie puede señalar con el dedo.

De todo este ex curso relatado lo más representativo es Times Square. El estandarte de lo que Reagan llamaba equivocadamente "Evil Empire". Más que de una plaza, se trata de una confluencia de calles y avenidas en una vorágine de neones y estrés consumista, alternándose los establecimientos comerciales con los musicales adyacentes de Broadway, probablemente en la misma consonancia mercantil. Entre el jet lag, la citada ola de calor y las mareas humanas que se capilarizaban por todas partes, solo anhelaba salir de allí.


Y qué mejor lugar de recogimiento que los pies del Empire State. Brutal, aunque me siga quedando de largo con el art decó del Chrysler.


Las jornadas venideras transcurrieron en el eje del Lower Manhattan y sus contrastes. De Chinatown a Little Italy en un paso, o más bien, a la calle que queda de ella, y de allí al Soho, barrio pujante de la escena neoyorkina que no acabó de transmitirme buenas sensaciones. En contraposición, Greenwich Village parecía ser un Soho desprovisto de snobismo. En todo caso, mi ponderación es absolutamente neófita y desde la posición del mero transeúnte que echa un vistazo en los escaparates. Mira pero no compra.


Harlem, en cambio, me suponía adentrarme en esa Nueva York tantas veces idealizada. Con sus correspondientes connotaciones objetivas y subjetivas. Y las de el barrio del jazz vienen marcadas de nuevo por el cine. La realidad es que el área atraviesa por un proceso de gentrificación que ha establecido el acento latino en las partes situadas más al suroeste. El, ahora llamado, "Spanish Harlem" es un amalgama de pequeños bulevares con bares, terrazas y un ambiente sin aspiraciones. Al otro lado, cuanto más te acercas a la 148th, todavía puedes adverar el ingente porcentaje de población afroamericana. Personalmente, cogí la línea 1 desde la 28th hasta llegar a Harlem Street y de ahí fui bajando hasta la 110th. 

Era inevitable ir mirando a todos lados cuando cruzabas los semáforos rodeado de gente negra, en bicicleta, con bandanas o cualquiera de los estereotipos estúpidos que haya sido capaz de imbuirte Hollywood. Porque no tuve el más mínimo problema mientras dejaba atrás lugares tan emblemáticos como el Teatro Apollo a través de la Malcom X Street. Donde no hace tanto se tocaba jazz exclusivamente para blancos. Afortunadamente, ahora podía ser yo el invitado puntual en espectáculos para negros.












Próximamente, Distrito Financiero y Brooklyn.

JM

domingo, 9 de junio de 2013

CRÓNICAS DESDE LA RESISTENCIA: BERLIN CALLING

Aguantar un blog es como aguantar tantas otras cosas en la vida. Lleva implícito esa primera acepción semántica de la RAE de "sostener", de "no dejar caer", tanto como la tercera sobre "resistir", "soportar"; sinergia de significados que deberían converger en su definición más negativa,"tolerar algo a disgusto". Sin embargo y curiosamente, lo que se aguanta en tal sentido por mi parte, es dedicar mi tiempo y mis teclas a fines de otro tipo, encorsetados en esa dinámica profesional que te habían prometido como sino vital y que inexorablemente es asumida por la generalidad como Imperativo Categórico.  "Fuck you, not us" decía Keith Morris en "American Hardcore". Y esa sigue siendo mi modesta aspiración cotidiana, hoy traducida en unas pequeñas líneas en este olvidado blog... porque los actos subversivos tendrán que esperar tiempos mejores.

Estaba muy pendiente una crónica de mi viaje a Berlín. Tan pendiente, como lejana en el tiempo para hacer un croquis fidedigno de mis días en la capital alemana por aquel octubre de 2012; así que redactaré desde el recuerdo, desde las sensaciones, e impregnado por esa neblina constante que nos despertaba cada fría mañana en el Grosser Kursfüst. 

Nuestra llegada fue casi pasada la media noche, y de esa manera cumplimos una de mis fobias favoritas en cualquier viaje. No nos salimos del guión establecido, salida a AlexanderPlatz, uno de los símbolos regios -si se me permite la ironía conceptual- del Berlín Comunista. Tan soviético como esperaba, grandes espacios abiertos salpicados por imbricaciones geométricas de hormigón circunvalando la llamada TV Tower. Primer currywurst y al hotel. Mi fobia, citada anafóricamente, concluyó en la mala noche de rigor...



...Y en una buena mañana! Donde recuerdo que nos lanzamos a por el alquiler de dos bicicletas, víctimas de ese trending provinciano que te lleva a pedalear cada vez que llegas a una gran capital europea. A pesar de todo, tanto Berlín, como Londres, como Amsterdam son perfectos para tal medio de transporte. Por ello y gracias a las grandes avenidas de nulo desnivel, ingente carril-bici y respeto exquisito de los vehículos motorizados, llegamos rápidamente a Postdamer Platz. Allí nos reuníamos con una persona que conocía perfectamente la historia del Berlín Este, anhelo principal de mi viaje y puedo decir que no defraudó. 

Esbozar aquí el génesis de la segregación de la ciudad se antoja excesivo. Valga a efectos introductorios, que como consecuencia de la toma conjunta de Berlín en la II Guerra Mundial por parte de los aliados y los comunistas -curiosamente se les suele excluir de la Alianza cuando fueron condición sine qua non para la caída de Hitler-, se realizaron unas divisiones soberanistas que con el paso del tiempo fueron un insoslayable reflejo de dos mundos, dos bloques, y con un Muro en medio. El Berliner Mauer, denominado oficialmente «Muro de Protección Antifascista» por la RDA, o también «Muro de la vergüenza» por parte de la opinión pública occidental, a gusto del consumidor vaya. Fue parte de las fronteras interalemanas desde el 1961 hasta 1989, donde su demolición significó el fin de la Guerra Fría y tantas otras cosas más.





El Muro de Berlín se vino abajo de forma definitiva en la noche del jueves 9 de noviembre de 1989,  28 años después de su construcción. La apertura del muro, conocida en Alemania con el nombre de die Wende (El Cambio), fue consecuencia de las exigencias de libertad de circulación en la ex-RDA y las evasiones constantes de su población. El líder de la RDA, Erick Honecker, renunció  al cargo en octubre de 1989 y, sin su figura, el régimen no pudo seguir refrendándose como alternativa en la incipiente Unión Europea.







Berlín Este nada tiene que ver con nuestras habituales connotaciones sobre Alemania y su cultura. Con Mitte a la cabeza, es una suma de bloques de viviendas de herencia racionalista y funcional, a través de la corriente creada por la Bauhaus. La construcción modular se puede adivinar incluso en los ojos de un lego en la materia como yo, y da lugar a hermosos patios donde se han implementado todo tipo de talleres, pequeños comercios artesanos y una vida social digna de conservar en una gran urbe. En nuestra ruta también nos encontramos con los vestigios de Tageles, la emblemática casa okupa que todavía se erige como un símbolo; recordándonos que en aquellas latitudes se encontró el germen del movimiento Okupa, agrupando una gran variedad de ideologías que justifican sus acciones como un gesto de protesta política y social contra la especulación que continuamente lastra el acceso a una vivienda digna.

Tampoco podía dejar de mencionar el impacto que nos causó la Karl Marx Allee, tanto por concepto como por infraestructura. Liberada ya de su nomenclatura estalinista, su desarrollo hace honor a la ideología y no al genocida. Los llamados "Palacios para el pueblo" se extienden orgullosos a través de casi dos kilómetros de largo, conformando una especie de boulevard comunista, el cual, si bien pudo ser edificado en aras a un enésimo ejercicio de propaganda gubernamental, cristaliza ese viejo sueño "naif" de que, con un reparto equitativo de los medios productivos, todas las personas podrían disponer de una vivienda que ahora parece exclusiva de las posiciones preeminentes en la superestructura económica. Recorrer todo el fausto que exhibía aquella gran avenida con sus vertiginosos edificios, asumiendo que allí habitó la clase proletaria, me demostró que las construcciones físicas suponen un esfuerzo pírrico al lado de las construcciones sociales. 


Además en uno de sus patios interiores pude descubrir un viejo Trabant, el coche al que accedían los habitantes del Este tras una lista de espera de 10 años.


Pasaron los días y cambiamos de mundo.



Berlín Oeste estuvo durante su vigencia en manos de los tres aliados occidentales, y en consecuencia sólo los aviones de Estados Unidos, Reino Unido y Francia surtían de capitalismo a aquella isla sin mar en medio de la RDA. Las continuas subvenciones y el inveterado apoyo por parte de las potencias occidentales convirtieron el "Ich bin ein berliner" de Kennedy en un dogma irredento ante la amenaza soviética. En la actualidad, alberga la infraestructura gubernamental de Alemania, y por ende, la nuestra; con un Bundestag digno de ver a nivel arquitectónico, pero inánime después de nuestra "experiencia socialista". Su paisajística es tan opulenta como olvidable. Y como bien decía, escribo estas líneas a golpe de recuerdos.




No obstante, la historia de Berlín no se ciñe a una dialéctica entre sistemas económicos, ni a una segregación poblacional por decisiones soberanistas encontradas. El antecedente de todo ello es el Horror, estábamos sobre el tablero de ajedrez donde concluyó una guerra que se llevó 50 millones de almas. Una guerra que se libró por las tendencias psicopáticas de un genocida y con la inexplicable aquiescencia de una población coetánea a la República de Weimar, adalid de la justicia social. Tamaña sinrazón hace que la ciudad, y en especial esta parte Oeste, sea un recuerdo permanente de la barbarie, y disponga con una mezcla de repulsa y vergüenza de todo tipo de "tótems" para que el visitante genere su más absoluta consternación casi 70 años después.



Ojalá tuviese más tiempo pero he de terminar mi relato, de la misma forma que se terminan mis escasas horas libres de domingo.

En definitiva, Berlín es un lugar poliédrico, con una historia apasionante y terrible, y con un presente joven, reivindicativo y acogedor.  Si en 1979 hubo un London Calling, yo en 2012 descubrí el Berlin Calling. Una llamada agridulce, un suspiro en aquella neblina emanada por los efluvios del Spree, una caricia de una mano siempre fria y un abrazo fulgurante en todas sus acepciones, que brilla, te quema intensamente...y se va. "De esta manera seguimos avanzando con laboriosidad, barcos contra la corriente, en regresión sin pausa hacia el pasado."